
Por Alessia Guerra
Dicen por ahí que la ropa sucia se lava en casa, pero cuando la casa es una franquicia política con registro nacional, los trapos al sol se cuelgan en el tendedero del Congreso. En el Partido del Trabajo (PT) de Chihuahua han decidido recordarnos que no hay nada más peligroso que una cena navideña en julio, especialmente cuando los cubiertos se usan como armas punzantes.
El tablero político de la 4T en el estado no solo se está moviendo; se está resquebrajando a punta de reclamos fraternos. La última gran escena de este melodrama la protagoniza la diputada local América Aguilar, quien tuvo que dejar las filas del partido —ese que su propia familia ha regenteado por años— no por falta de amor a las siglas, sino porque, según sus propias palabras, el ambiente con su hermana, la diputada federal Lilia Aguilar, se puso más tóxico que planta nuclear.
América ha denunciado públicamente una campaña de persecución política y supuestas amenazas en su contra. De manera directa, el dedo flamígero apunta a su hermana Lilia. La legisladora estatal asegura que es "de mente libre" y que simplemente se negó a subordinarse a los dictados de su consanguínea. A lo mejor —pensará algún alma inocente— Lilia solo quería invitarla a tomar el té para platicar de reformas legislativas, y América, en un arranque de susceptibilidad, malinterpretó el tono de la invitación. Cosas que pasan en las mejores familias.
Lo cierto es que la "mente libre" de América la llevó a cometer el pecado capital del PT chihuahuense: mostrar un apoyo abierto y militante hacia el ex alcalde juarense Cruz Pérez Cuéllar. Y claro, en una organización donde la obediencia ciega es moneda de cambio, tener iniciativa propia se paga con el exilio. Ella insiste en que sigue siendo petista de corazón y que serán las encuestas las que decidan quién abanderará a la 4T en la carrera por la gubernatura, pero la dirigencia estatal ya le cantó las golondrinas calificando su salida como una simple "pataleta".
Mientras las hermanas Aguilar definen sus afectos en el tribunal de las redes sociales, la cúpula del PT prefirió no perder el tiempo y alinearse con el viento que más fuerte sopla. El comisionado político nacional, Reginaldo Sandoval Flores, salió muy orondo a confirmar el respaldo oficial del partido hacia la senadora Andrea Chávez Treviño. "Ella nos convence más", soltó sin anestesia, dejando claro que en el PT las simpatías no se construyen con consensos, sino con dedazos bien calculados.
La cargada fue tal que hasta los personajes secundarios de esta comedia tuvieron que corregir el rumbo sobre la marcha. Arturo Escobar —que andaba de acelerado alborotando el avispero antes de tiempo con declaraciones que le trajeron más Tablazos que aplausos— se vio obligado a matizar sus dichos apenas veinticuatro horas después. Reculó con una elegancia digna de equilibrista, aceptando las reglas del juego que dicta Morena y demostrando que, en la política local, el orgullo dura lo que tarda en llegar una llamada de atención desde la Ciudad de México. El pobre hombre andaba tan perdido que ni el nombre de los aspirantes se sabía bien, pero la intención de figurar no se la quita nadie.
Nota al calce: Tan bien que iban. El PT presumía de una unidad monolítica basada en el control absoluto de los suyos. Hoy, las piedras familiares caen de todas partes y el "partido de los trabajadores" parece más bien una disputa por los terrenos de la abuela.
Si la estrategia electoral de la izquierda en Chihuahua depende de que las facciones locales hagan las paces antes de la encuesta, la gobernación se ve cada vez más lejana. Por lo pronto, el público agradece el espectáculo: la política estatal siempre es más entretenida cuando el guion lo escribe el rencor familiar.



