
Por Alessia Guerra
Dicen que la jubilación es para mecerse en el porche, pero en esta plaza las mecedoras no suman votos y a otro perro con ese hueso. Tras un corte comercial a la medida, Andrés Manuel López Obrador dejó la mecedora no para podar orquídeas, sino para mover el dedito, entregar el instructivo a su heredera y recordarle que amor con amor se paga para que ni se le ocurra girar el volante.
Sin decir nombres pero repartiendo pedradas sobre supuestas traiciones, el tabasqueño reapareció para avisarle a los suyos quién es el que verdaderamente sostiene la Cuarta Transformación —¡que no se les olvide!—. Presumiendo ser muy feliz, sacó a relucir sus manuales de conducta para impartir clases de moralina y recordarles que el dinero no es la vida, no vaya a ser que la ambición ciegue al movimiento.
Vendiendo la idea de que el pueblo no es tonto, entre abrazos y no balazos, la paradoja queda al desnudo: insiste en que la patria es primero y la gente manda, pero desde el vaivén de su retiro él redacta el examen, califica la prueba y canta la victoria. El descanso puede esperar; la línea política no.









































































