
Por Alessia Guerra
Hay días en los que uno se levanta pensando que la política mexicana ya tocó fondo y que ya lo hemos visto todo en materia de ocurrencias y saltos acrobáticos entre partidos. Pero justo cuando creemos haberlo superado, llega un iluminado de la política con credenciales de catedrático y un currículum más colorido que muestrario de pinturas —gracias a su alegre tour por todo el espectro partidista— para demostrarnos que la capacidad de invención del político promedio no tiene límites. Especialmente cuando se trata de proponer sandeces.
Resulta que a Javier Albarrán, flamante militante panista, se le ocurrió la gran innovación democrática: la fórmula mágica para salvar a la nación mediante el "voto familiar". Sí, leyó usted bien. En pleno siglo XXI, con la inteligencia artificial a la vuelta de la esquina y la ciudadanía más hiperconectada de la historia, a este prócer del pensamiento conservador le brotó la distorsionada idea de que las familias deberíamos votar en bloque. Como si el pensamiento individual fuera un mito urbano o un lujo innecesario.
Uno se pregunta, legítimamente: ¿qué habrá fumado este tipo para parir semejante "ideota"?
¿De verdad pensará que en los hogares mexicanos somos clones ideológicos? ¿Habrá pisado alguna vez una casa real durante una comida dominical, donde se debate de política y fútbol con la misma pasión que divergencia? Asumir que toda una familia piensa, siente y vota exactamente igual no solo es de una ingenuidad enternecedora; es, llanamente, tratarnos como borregada. Una borregada con apellido.







































































