
Por Alessia Guerra
Dicen los que saben que al que madruga Dios le ayuda; pero en las lides de la Cuarta Transformación, madrugar con alharacas suele servir, sobre todo, para calentar el caldo antes de tiempo.
Desde hace días, las huestes chihuahuenses más cercanas al fuego guinda daban por sentada la unción de la senadora con licencia. Sin embargo, en la política real —esa donde los acuerdos se tejen en las sombras y se firman en la madrugada—, mientras no haya papel sellado y membretado, todo lo demás es canto de golondrinas.
A la dirigencia nacional la coyuntura comenzó a hacérsele engrudo. Tanto, que la secretaria Ariadna Montiel tuvo que salir al quite con un templador y oportuno “tranquilos, Morenos”. Un manotazo con guante de seda destinado a aplacar ánimos y jurar una transparencia que evite que la cobija se rompa antes de tiempo. Y es que entre el pragmatismo centralista y las pasiones locales, la procesión ya venía con temperatura alta: los aguerridos del PT, ni tardos ni perezosos, amarraron su respaldo a Andrea Chávez, dejando meridianamente claro quién es su ficha fuerte para la gubernatura en 2027.
Mientras tanto, la pasarela en la capital del país reunió en la sede nacional a Andrea Chávez, Cruz Pérez Cuéllar y Luis Carlos Arrieta. Todos alineados para recibir la «buena nueva» o tragar sapos, según dictara el libreto. La consigna interna para la militancia fue tajante: manténganse firmes y en formación, porque tras el fallo oficial no vendrá el confeti, sino una maratónica jornada de cicatrización y control de daños.
En el Morena chihuahuense convendría recordar que del plato a la boca se cae la sopa —y en la puerta del horno, se quema—. Podrán adelantar vísperas los allegados y rugir los aliados del PT, pero mientras la dirigencia nacional no ponga las cartas boca arriba, cualquier victoria seguirá siendo de papel... y los amargores, muy reales.









































































