
Por Alessia Guerra
“Cuidadito, cuidadito, cuidadito" . Cómo decía la inolvidable María Victoria, porque el hampa cibernética anda desatada y con las garras bien afiladas. Resulta que a los amantes de lo ajeno les dio por graduarse con honores en las aplicaciones móviles de Bancoppel y Liverpool, donde el cliente confiado pone el dedo y termina entregando hasta la camisa.
Dicen que al perro más flaco se le pegan las pulgas, y en este baile de números los que siempre salen perdiendo son los usuarios. La jugada es fina: un buen samaritano del cibermundo te llama haciéndose pasar por la tienda, argumenta un presunto "fallo técnico" y, con el puro cuento de la buena pipa, te guía paso a paso para tramitar un crédito en la app. Un clic por aquí, un botónazo por allá y ¡pum!, préstamo concedido en un abrir y cerrar de ojos. Luego, con la misma labia, te convencen de transferir esa lana a una cuenta de un tercero para "cancelar el problema".
El asunto apenas se detectó, pero en solo seis semanas ya van 14 denuncias acumuladas y las estafas promedian los 30 mil pesotes por víctima. Pero eso sí, para las tiendas no hay de qué preocuparse: camarón que se duerme... termina pagando la tarjeta con recargos.
Porque eso sí, a estas tiendas departamentales no se les escapa ni un centavo en créditos y sus intereses suben como la espuma mes con mes. Ah, pero cuando se trata de responder por los fraudes que ocurren en sus propias plataformas, ¡sobres! Se hacen de la vista gorda, se lavan las manos como Poncio Pilato y aplican el clásico: "de que lloren en su casa a que lloren en la mía...".
Cuando el desdichado cuentahabiente acude a la sucursal a pedir explicaciones y reclamar el atraco, la respuesta institucional es una auténtica belleza de la burocracia: "Usted lo solicitó desde su app, jovencito, así que a pagar con todo e intereses". Para las empresas, todo fue "voluntario". Al final, las apps ni informan del peligro, ni blindan sus procesos, pero eso sí: el que abona, pagar quiere, y a las tiendas solo les importa cobrar hasta el último centavo de una deuda que nació del engaño.



