
Por Alessia Guerra
En los pasillos del Palacio de Gobierno de Chihuahua, la música de tensión ya no es un fondo imaginario; es la realidad de un gabinete que parece sacado de un capítulo de El Juego del Calamar. El tablero político local acaba de registrar su segunda baja de alto perfil. Primero fue César Jáuregui, y ahora, tras una larga y agonizante agonía de rumores, cae Rafael Loera Talamantes. La pregunta obligada que se escucha en el radiopasillo es: ¿quién será el siguiente en escuchar el veredicto de la eliminación?
La salida de Loera, quien hasta hace poco operaba como el flamante secretario de Desarrollo Humano y Bien Común —y de paso, suspiraba con fuerza por la candidatura a la alcaldía capitalina—, se manejó con el secretismo digno de un operativo de seguridad nacional.
El chisme trascendió no por un comunicado oficial con las típicas palabras de "agradecimiento por su institucionalidad", sino porque los propios empleados de la dependencia lo vieron llegar a su oficina a guardar sus portarretratos, plumas y artículos personales en cajas de cartón. Minutos después, los equipos de entrega-recepción ya estaban tomando las huellas de los escritorios.
A Loera la tardanza en recoger sus cosas le costó cara, al menos en el termómetro siempre despiadado de las redes sociales. Los internautas no le perdonaron lo que llamaron una "falta de solidaridad conyugal".
Y es que el verdadero principio del fin no nació de su desempeño entregando despensas, sino de un pecado de orgullo cometido por su esposa, Anya.
Para quienes no recuerdan el drama en primera fila: Anya, quien presumía de ser la mano derecha de la gobernadora Maru Campos, cometió el error táctico más grave que se puede cometer frente a un mandatario: corregir a la jefa en público y frente a los micrófonos de la fuente periodística.
La gobernadora, fiel a su estilo de "aquí mando yo", no toleró el desplante de una subalterna. El choque provocó una ruptura tan profunda que ni con una tonelada de Kola Loka se pudo pegar.
Desde aquel polémico día, la tensión en la secretaría era un secreto a voces. Curiosamente, a la pareja se le empezó a ver de lo más relajada en visitas domiciliarias, sonrientes y muy unidos, como quien ya sabe que tiene un pie fuera y prefiere disfrutar del paisaje antes del portazo.
Hoy, Rafael Loera y su esposa se unen formalmente al cada vez más nutrido club de los exiliados del bien común. Nadie ha querido confirmar si Rafa renunció con dignidad o si le aplicaron la clásica de "se solicita su silla", pero el resultado es el mismo: un aspirante menos en la carrera municipal y una nueva advertencia para el resto del gabinete.
En la corte de Maru, corregir una cifra puede costarte el puesto; y en este juego de supervivencia política, más vale tener buena memoria... o aprender a callar... Al tiempo.



