
POR Alessia Guerra
Qué alivio para Chihuahua. En medio de tantas crisis, el Instituto Chihuahuense de la Juventud (Ichijuv) no nos ha dado políticas públicas memorables, pero a cambio nos ha bendecido con algo mucho mejor: una jueza de la moralidad pública y guardiana de las buenas costumbres. Fernanda Martínez ha decidido que su cargo no es para andar perdiendo el tiempo en aburridas pláticas juveniles; lo de ella es la teología política de alta alcurnia.
Bien dice el dicho popular que "el que hambre tiene, en pan piensa", pero en el caso de la directora del Ichijuv, el hambre es de pureza ideológica. En un despliegue de profunda "congruencia" —de esa que se carga al erario público—, la funcionaria subió un video a redes para otorgarle el certificado de santidad y el título de "hombre de familia con moral impecable" al secretario general de Gobierno, Santiago de la Peña. Suponemos que el análisis de control de confianza en el estado ahora incluye revisar el álbum de fotos familiares del domingo, bajo el estricto sello de aprobación de la oficina de la juventud.
"Dime de qué presumes y te diré de qué careces", susurra el sentido común. Porque para ser una mujer tan guiada por los valores celestiales y la rectitud del Partido Acción Nacional, a la hora de lanzar el veneno le dio una amnesia de lo más conveniente. Acusó a otros aspirantes a la alcaldía de "no representar los valores del partido", pero con la valentía de quien "tira la piedra y esconde la mano", omitió los nombres. Un acertijo moral muy cristiano: difama al prójimo, pero que el prójimo adivine quién es.
Lo más fascinante de este tribunal de la virtud es el espectáculo de sus ruedas de prensa. Cuando los periodistas, esos seres desalmados y sin valores, le hacen preguntas técnicas sobre su gestión o su repentino activismo de partido, ocurre el milagro de la tecnología: los micrófonos se apagan. Es una técnica finísima de debate: "ojos que no ven, corazón que no siente"... y micrófono apagado, pregunta que no se responde. Cuando el audio regresa, la directora vuelve a invocar los sagrados valores que le inculcaron en su casa, demostrando que su moral opera en una dimensión tan alta que la lógica terrenal simplemente no le alcanza.
La joya de la corona en este discurso de "congruencia" es que "predica el ayuno con la boca llena". Exige una rectitud casi monástica a los demás mientras viola la regla ética más básica de un funcionario: no usar la investidura pública para hacerle campaña a sus favoritos en los procesos internos.
Pobres de las juventudes si este es el espejo donde deben mirarse. Si el futuro de la política es envolverse en la bandera de la moral familiar mientras se esquivan las necesidades reales, entonces que nos agarren confesados. Menos discursos de sacristía y más suela en los zapatos, Directora. Que recuerde que "por sus frutos los conoceréis", y hasta ahora, el único fruto visible es un sutil aroma a hipocresía selectiva.



