
Por Alessia Guerra
Para las autoridades, los muertos son matemáticas; para los ciudadanos, son tragedias. Así de fría amanece la estadística de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana (SSPC), que nos receta un dato para el arranque: el pasado 28 de julio se registraron 38 presuntos homicidios en todo el país, y ¡adivine qué!, la corona del horror se la quedó Chihuahua. De ese total nacional, 10 cayeron en suelo chihuahuense. Sí, el 26% de la sangre derramada en una sola jornada le tocó a este estado.
Pero no se apuren, que ahí vienen los técnicos del Gobierno con sus discursos a decirnos que "la cifra global se situó ligeramente por debajo de la media mensual de julio", que es de 38.9 víctimas al día. ¡Vaya alivio! Casi nos quieren hacer aplaudir porque se murió menos gente que el promedio. Con esa lógica, mañana nos van a pedir que demos las gracias. Nos quieren tapar el ojo al macho con porcentajes y decimales, como si la tranquilidad pública se midiera en centavos.
Lo verdaderamente de pronóstico reservado es la eterna cantaleta del reparto de culpas. Cuando las cosas se ponen color de hormiga, la bolita empieza a volar de un palacio a otro. La Federación le echa el muerto al Estado, el Estado al Municipio, y entre que son peras o son manzanas, los que quedamos en medio somos los ciudadanos. A los de a pie, francamente, nos importa un espantasuegras en 16 de septiembre si el culpable viste de guinda, de azul o de tricolor.
Al ganar una elección, los gobernantes juran trabajar por el bien común, pero a la primera de cambios se les olvida que ya no están en campaña y se vuelven a poner la camiseta de su partido para agarrarse del chongo. Esos pleitos de lavadero sobre quién hace más o quién deja de hacer ya tienen a la gente hasta el copete. La obligación de proteger a la ciudadanía no es opcional, ni depende de las siglas que tengan colgadas en la oficina. Ya estuvo bueno de aventarse la cobija; la violencia está desatada y con discursos adornados no van a revivir a nadie. A ver a qué hora se quitan los colores y se ponen a jalar, porque el horno no está para bollos.



