
Por Alessia Guerra
Dice el refrán político que en Morena no se mueve una hoja sin que lo decida el viento del centro. Y la dirigencia guinda, con la brújula bien aceitada, acaba de recordarle a la militancia de los estados que la democracia es hermosa, siempre y cuando se controle desde una oficina en la Ciudad de México.
En un despliegue de optimismo puro —ese que solo da tener las encuestas a favor y la chequera del poder en la bolsa—, la dirigencia nacional no dejó "sapo con cabeza" al trazar el mapa electoral. Con ojos de venado lampareado que caza a su presa en la oscuridad, la cúpula morenista mira el festín del frente: un "PRIAN" desorganizado hasta la médula, presumiendo 10 mil candidatos que a nadie importan y, para colmo, listos para imponer a un bendecido al que ya todos apuntan con el dedo índice. Para la causa guinda, la película no podría ser mejor: que los azules se despedacen, se dividan y terminen imponiendo candidatos a modo. En el manual no escrito de la política, la debilidad ajena es la fortaleza propia.
Ya muy colmilluda Ariadna en estos menesteres electorales y curtida en mil batallas desde los 16 años, la dirigencia sabe perfectamente qué hilos mover. Por eso, desde la comodidad de la capital, lanza un llamado a la "calma controlada". La narrativa oficial es maravillosa: mientras en la acera de enfrente traen un desorden digno de comedia de enredos, en la llamada Cuarta Transformación lo que hay no es pleito, ¡es "efervescencia y pluralidad"! Un aplauso por el eufemismo. Su estilo es claro: paciencia táctica, esperar los tiempos y dejar que el aire siga soplando las encuestas a su favor, una seguridad que raya en la profecía.
La receta para mantener la paz en este mar de tiburones hambrientos de candidaturas es simple: mucha calma, muchas mesas semanales y una dosis masiva de fe en el proceso. Eso sí, para que no haya confusiones ni gobernadores insensatos jugando al rey mago en sus entidades, ya se pintó la raya con marcador permanente: aquí no hay autonomías estatales. Desde el coordinador estatal más encumbrado hasta la última regiduría se decidirán en la sagrada mesa central. Una descentralización invertida muy al estilo de los viejos tiempos que tanto critican.
Nos recuerdan que ya no estamos en el PRI de los años 70 u 80, donde disentir era pecado mortal. Hoy se presume democracia, aunque al final del día, el diseño del mapa se cocine en el mismo centro neurálgico del país. Todo sea por garantizar que el Movimiento entre, por la puerta grande. Todo en calma, pues. Al menos hasta que el aire cambie de rumbo o la "pluralidad" de los aspirantes se convierta en el berrinche de siempre.



