
Por Alessia Guerra
En México, los milagros de la salud pública ocurren cada vez que se anuncia una visita oficial al IMSS. De pronto aparecen las batas impecables, los pasillos relucientes y una escenografía hospitalaria que haría palidecer a cualquier productor de televisión. Lo que no aparece, por más que se esfuercen los encargados del montaje, son las soluciones de fondo. Porque una cosa es preparar el hospital para las cámaras y otra muy distinta conseguir que funcione para los pacientes.
Después de las protestas y la huelga de brazos caídos, Claudia Sheinbaum anunció desde la Mañanera del Pueblo que el conflicto estaba resuelto y que todos habían quedado satisfechos. Una versión presidencial bastante conveniente, aunque en los hospitales la realidad se empeñara en arruinarle el guion. Al parecer, alguien confundió el silencio de los trabajadores con la solución de sus problemas.
Y mientras la presidenta daba por terminada la función, Zoé Robledo, director del IMSS, tenía pendiente explicar por qué las inconformidades siguen vivas. Las denuncias apuntan a carencias de insumos, presiones laborales y represalias contra quienes participaron en las protestas. Si el conflicto estaba resuelto, habría que preguntar para quién.
Pero el capítulo más vergonzoso apunta al sindicato. Los trabajadores que deberían encontrar en esa organización una defensa de sus derechos denuncian presiones, obstáculos administrativos y amenazas. Una curiosa inversión de funciones: en lugar de proteger a sus agremiados, el sindicato terminaría convertido en vigilante de su inconformidad. ¿Desde cuándo levantar la voz se convirtió en una falta que merece castigo?
Mientras tanto, médicos y enfermeras siguen haciendo lo imposible para atender pacientes con recursos insuficientes. Ellos ponen el conocimiento, el esfuerzo y hasta la paciencia; la burocracia pone los discursos, las promesas y, cuando hace falta, una buena capa de maquillaje institucional.
El contraste es brutal: para recibir funcionarios hay hospitales de escaparate; para atender a la población hay que conformarse con lo que alcance. Para la conferencia de prensa, el conflicto está resuelto; para los trabajadores inconformes, comienza el verdadero problema. Y para los pacientes, la espera continúa, aunque en Palacio Nacional ya hayan anunciado el final feliz.
Zoé Robledo y la dirigencia sindical tienen explicaciones pendientes. No basta con declarar resuelto un conflicto, repartir discursos de tranquilidad o presionar a quienes se atrevieron a denunciar las deficiencias. Los acuerdos se demuestran con medicamentos, material de curación, condiciones laborales dignas y respeto a los trabajadores, no con comunicados diseñados para tranquilizar a Palacio Nacional.
Al final, el IMSS parece haber perfeccionado una especialidad que no aparece en ningún expediente médico: curar la mala imagen con maquillaje institucional. Para las visitas oficiales hay hospitales de escaparate; para los pacientes, recetas sin surtir; para los trabajadores inconformes, amenazas y presiones. Sheinbaum anuncia que todo está resuelto, Zoé Robledo administra el silencio y el sindicato parece encargado de que nadie arruine la fotografía.
En el IMSS ya no necesitan médicos para curar la crisis: les basta un buen equipo de producción para ocultarla. Lástima que el maquillaje no surta recetas, las cámaras no curen enfermos y los aplausos de Palacio Nacional no alcancen para tapar el desastre.



