
Hay que reconocerle a Santiago de la Peña una virtud extraordinaria: se tiene una fe que ni las encuestas más adversas consiguen desinflarle. El secretario general de Gobierno asegura estar «más puesto que un calcetín» para entrarle a la contienda interna del PAN. Lástima que, en política, no basta con estar puesto: también hace falta que alguien quiera ponértelo.
Porque, mientras Santiago se acomoda frente al espejo y ensaya su mejor sonrisa electoral, en los pasillos del poder se habla de reacomodos, de grupos que pesan más que otros y de unas aspiraciones que no terminan de levantar vuelo. Las versiones apuntan a que el grupo de César Jáuregui habría ganado terreno en el tablero panista, dejando al secretario en una posición menos cómoda de la que quisiera admitir.
Pero aquí viene lo bueno: si el PAN no le garantiza acomodo, dicen las malas lenguas que Morena podría convertirse en una alternativa. Y hasta se menciona a Movimiento Ciudadano como otro posible destino. ¡Vaya versatilidad! Donde no hay candidatura azul, quizá aparezca una guinda; y donde tampoco alcance, siempre queda la posibilidad de buscar un naranja que combine con el nuevo guardarropa.
El problema es que Morena ya tiene aspirantes haciendo fila y ninguno parece estar esperando con los brazos abiertos al invitado que llega desde el gobierno panista. Porque una cosa es sumar cuadros competitivos y otra organizar una colecta para rescatar las aspiraciones de quien no termina de despegar en las encuestas.
Lo verdaderamente admirable es que, pese a los números poco alentadores que se le atribuyen, De la Peña conserve semejante entusiasmo. Hay políticos que leen las encuestas para conocer sus posibilidades; otros parecen utilizarlas como separadores de libros: las abren, encuentran lo que no les gusta y siguen leyendo otra cosa.
Y mientras Santiago insiste en que los movimientos internos del PAN ni lo benefician ni lo perjudican, la pregunta sigue en el aire: ¿está preparando una candidatura o buscando quién le preste una? Porque en política, cuando uno empieza a tocar puertas en varios partidos, corre el riesgo de que todos terminen preguntándose por qué no lo reciben en el suyo.
Al final, el calcetín puede presumir que está listo, planchado y hasta perfumado. Pero si nadie quiere ponérselo, de poco sirve tanta preparación. Y si encima trae un agujero electoral en el talón, el problema ya no es encontrarle pareja, sino evitar que se le escape hasta el último voto.
Porque Santiago podrá estar más puesto que un calcetín, pero, por lo visto, todavía está por verse quién se atreve a ponérselo.



