
El miedo también se vende por paquetes: una botella de agua, dos latas de atún, una linterna y un silbato. Con eso, al parecer, ya podemos esperar tranquilamente el fin del mundo. Bastó con que las redes sociales difundieran alertas sobre la llamada «mochila de emergencia» para desatar compras desesperadas y convertir una recomendación preventiva en una pequeña fiebre apocalíptica.
Prepararse ante una contingencia es sensato; vivir bajo una alarma permanente es otra cosa. El problema no es tener agua, alimentos, medicamentos o documentos importantes a la mano, sino confundir la prevención con el miedo colectivo. Entre rumores, mensajes alarmistas y recomendaciones institucionales sin suficiente contexto, la línea entre informar y generar pánico parece haberse vuelto demasiado delgada.
En Chihuahua, donde las emergencias pueden llegar en forma de incendios, inundaciones, nevadas o accidentes, la prevención debe ir mucho más allá de una mochila. La ciudadanía necesita rutas de evacuación, refugios identificados, información clara y protocolos que realmente funcionen. Porque de poco sirve tener el silbato listo si nadie sabe hacia dónde correr o qué hacer cuando suene la emergencia.
Mientras la población acomoda sus latas de atún y revisa la caducidad del agua embotellada, las autoridades deberían demostrar que tienen algo más que listas de compras y recomendaciones para las redes sociales. La verdadera cultura de prevención se construye con preparación, coordinación y capacidad de respuesta, no con estampidas en los supermercados.
Al final, los chihuahuenses podrán tener sus mochilas abastecidas, pero la gran incógnita seguirá siendo si el gobierno estará preparado para cumplir con su parte.
La mochila puede salvar una vida; la propaganda no salva gobiernos. Y cuando llegue la hora de la verdad, ningún silbato alcanzará para tapar la incompetencia.



