
Por Alessia Guerra
Dicen los viejos cocineros que el mejor mole no es el que lleva más ingredientes, sino el que tiene al mejor cocinero. En política ocurre exactamente igual: no gana quien más se promociona, sino quien termina agarrando la cuchara grande.
La reunión celebrada en la Ciudad de México reunió a buena parte de la crema y nata de Morena. Ariadna Montiel, Citlalli Hernández, Ricardo Monreal, Manuel Zavala, Martín Chaparro y, por supuesto, los dos protagonistas del menú rumbo al 2027: Andrea Chávez Treviño y Cruz Pérez Cuéllar. Una mesa demasiado importante para ser una simple comida de cortesía y demasiado silenciosa para ser una reunión sin consecuencias.
Nadie salió con el mandil manchado.
Todos sonrieron para la foto. Todos hablaron de unidad. Todos dijeron lo que tenían que decir... y callaron lo que realmente interesa. En política, el que habla de más termina convertido en ingrediente del guiso.
Sin embargo, apenas se cerró la puerta comenzaron los meseros de la rumorología a repartir platillos que nadie había pedido. Los cruzistas salieron a vender la idea de que el mole ya tenía dueño y que el próximo gobernador ya estaba servido en la mesa. La emoción fue tanta que algunos hasta empezaron a repartir las rebanadas del pastel... cuando ni siquiera han prendido el horno.
Del otro lado tampoco hubo dramatismo. Andrea reapareció después de su licencia por maternidad con buena imagen y, según quienes la vieron, con el ánimo renovado. Sabe que las campañas largas no se ganan corriendo los primeros cien metros. En política, como en la cocina, quien destapa la olla antes de tiempo suele echar a perder el sazón.
Lo verdaderamente curioso fue lo que nadie quiso mencionar.
Las benditas encuestas.
Esas siguen guardadas en la alacena de la dirigencia nacional. Las auténticas. No las que aparecen cada semana en redes sociales ni las que, por una módica cantidad de cincuenta o cien mil pesos, siempre colocan en primer lugar al cliente que pagó la cuenta. Esas no sirven para medir preferencias; sirven para inflar egos y justificar facturas.
Mientras unos cocinan estadísticas, otros siguen esperando que desde la Ciudad de México les digan quién será el chef del próximo sexenio.
La receta, hasta ahora, sigue bajo llave.
Lo único que parece haberse servido como plato de entrada fue una advertencia: bajen los cuchillos, dejen de aventarse los cucharones y salgan a caminar el estado. Porque el desgaste interno ya empezó a dejar un sabor amargo y nadie quiere llegar a la elección con el guiso quemado.
Pero si la olla ya hervía, alguien decidió echarle más chile.
Durante este fin de semana volvió a circular otra versión. El periodista Simón aseguró que ambos aspirantes tendrían una reunión en la Fiscalía General de la República y que, según información que atribuyó a sus fuentes, los dos podrían quedar fuera de la contienda. Si eso ocurre, sería un terremoto político; si no ocurre, será otro de tantos platillos de humo que suelen servirse los domingos para alimentar la conversación del lunes.
Porque en Chihuahua abundan los adivinos de café. Todos tienen un contacto en Palacio Nacional, un primo en Gobernación, un compadre en la FGR o un amigo que "vio la encuesta buena". Todos aseguran conocer el desenlace de una película que apenas va en el primer acto.
Mientras tanto, los políticos de este lado, de aquel lado y hasta del otro lado de la frontera ya andan con el apetito abierto. Algunos ya afilan el cuchillo para repartir posiciones; otros sólo buscan no quedarse lavando los trastes cuando termine el banquete.
La realidad, sin embargo, suele ser mucho más cruel que los rumores.
En Morena nadie ha servido el plato principal.
El mole sigue en el fuego.
Y más de uno puede terminar chamuscado antes de que repartan la primera cucharada.



