
Por Alessia Guerra
Para no ser víctima de la delincuencia hay que encerrarse. Esa fue la brillante lección magistral que aprendimos hace años, cuando las calles públicas empezaron a poblarse de rejas y plumas metálicas. Lo que en su momento fue un lujo reservado para los magnates temerosos, hoy es la norma de cualquier fraccionamiento de clase media que aspire a venderse con el sugerente adjetivo de "privado".
En aquel entonces, la autoridad municipal prometía con voz firme que retiraría los barrotes por violentar la libre circulación. Nos advertían, con conmovedora preocupación paternal, que los vecinos terminaríamos autoencarcelándonos mientras los maleantes simplemente saltaban la barda. Pero el tiempo pasó, los desarrolladores inmobiliarios sonrieron y la autoridad optó por la comodidad de la ceguera tolerante: si la gente prefiere encerrarse y costearse su propio confinamiento, un problema menos para la nómina pública.
Cuentas de primer mundo, servicios de utilería
Lo más poético del asunto es la puntualidad del municipio para cobrar el impuesto predial. Año con año, la boleta llega con aumentos que harían pensar que vivimos en una comuna escandinava. Sin embargo, al cruzar la famosa reja, la presencia del Estado se reduce a un solo trámite: el camión de la basura.
Y vaya experiencia mística que es el servicio de recolección. Aunque teóricamente ya pagamos por él en los impuestos, en la práctica funciona con la lógica del peaje mafioso. Ante salarios que evidentemente no cubren ni lo básico, los recolectores han desarrollado un método de cobro bastante persuasivo. Si usted no desembolsa la "propina voluntaria a la fuerza", prepárese para las consecuencias: su bote de basura será azotado contra el pavimento con la fuerza de un meteorito hasta quedar inservible.
Peor aún: amparados en la falta de control, hay quienes ya no se conforman con esperar en la calle e ingresan hasta la cochera de las viviendas a exigir su cuota. Un tributo municipal no oficial para evitar que su contenedor termine convertido en chatarra.
La aristocracia del portón y la lista de la infamia
Pero el verdadero drama comenzó después. Para protegernos de la delincuencia de afuera, terminamos entregándole las llaves de nuestra vida a los pequeños señores feudales de adentro: los célebres Comités Vecinales.
Es fascinante presenciar la metamorfosis de un vecino promedio cuando asume la presidencia del comité. Sin necesidad de pasar por un proceso de entrega-recepción formal, el sujeto en cuestión adquiere poderes casi monárquicos. ¿Pedir cuentas de las cuotas? ¡Qué atrevimiento! ¿Solicitar un informe financiero sobre el gasto de jardinería? Una afrenta directa a la soberanía del fraccionamiento.
Para quienes cometen el pecado de cuestionar los aumentos sorpresa o retrasarse un par de días en la aportación mensual, se activa el tribunal del escarnio público:
Las listas de morosos: Exhibidas en el chat grupal o en el famoso pizarrón de la vergüenza con el dramatismo de un edicto inquisitorial.
El castigo del portón: Retiro del control remoto o del chip de acceso, obligando al rebelde a bajar de su auto bajo el sol o la lluvia para abrir manualmente, ante la mirada juzgadora de los guardias.
Las asociaciones de vecinos —teóricamente diseñadas para la convivencia democrática— mutan con ligereza en pequeños clubes de amigos donde el debate está prohibido y la rendición de cuentas es un mito urbano.
'Big Brother' en la cochera y guardias de ocasión
La paranoia colectiva ha traído consigo otro gran triunfo de la tecnología: la videovigilancia sin control. Las cámaras, supuestamente instaladas para vigilar a los sospechosos, terminan apuntando con sospechosa precisión a la ventana del vecino incómodo o al patio trasero de la casa de al lado.
Cuando alguien osa preguntar dónde se almacenan esos videos, quién los revisa en las noches de ocio o cuántos días se conservan las grabaciones, la respuesta suele ser un incómodo silencio. La privacidad, al parecer, es un lujo innecesario si se tiene una lente de 360 grados velando por nuestros pasos.
Para rematar el cuadro de protección integral, tenemos la contratación de agencias de seguridad privada con una rotación de personal tan alta que el guardia del lunes no sabe quién vive ahí el miércoles. Cada semana, un perfecto desconocido aprende a qué hora sale usted a trabajar, cuándo se queda la casa sola y qué vehículo maneja. Un filtrado de datos diario, en vivo y directo.
Al final del día, el panorama es magnífico. Le pagamos un predial carísimo al municipio a cambio de botes de basura destruidos; huimos de la inseguridad de la ciudad para rendirle pleitesía a un dictador de manzana, vigilados por cámaras sin ley y resguardados por desconocidos semanalmente renovados.



