
Por Alessia Guerra
Dice el clásico que por amor el ser humano hace cualquier locura, pero por puro coraje es capaz de construir una obra maestra del despecho político. El amor y el odio: dos polos opuestos que en Chihuahua no solo se juntan, sino que se maquilan en el mismo despacho.
Para muestra, la metamorfosis del afecto norteño. Qué tiempos aquellos de hace 17 años con el entrañable "Gordo te quiero", transmutado hoy en un frío y calculador "César te hundo en un penal de máxima seguridad". De la ternura de sobremesa a la reclusión hay solo un sexenio de distancia y un par de conveniencias de por medio.
Ahora la investigación del Gobierno del Estado se trasladó a la Fiscalía General de la República (FGR). Le llaman diplomáticamente investigación "espejo", aunque en realidad es el viejo truco del pasamanos: soltar la papa caliente antes de que queme la casa. El detalle picoso es la tesis que sostienen los abogados: si dejan a César Jáuregui guardado en el penal, por pura omisión y complicidad, a Maru Campos le tocaría el mismo destino. Claro que ver a la administración guinda ejecutando semejante milagro judicial suena más difícil que ver llover para arriba.
Lo que sí roza el teatro del absurdo es el repentino idilio institucional. La presidenta Claudia Sheinbaum cambió el casete de un día para otro y ahora resulta que está en perfecta sintonía con Maru, y viceversa. Puras flores, sonrisas y amabilidad republicana.
¿A poco ya nadie se acuerda de los espectaculares y banderines donde desde la cúpula estatal se denostaba a Ariadna Montiel, Andrea Chávez y a la propia presidenta llamándolas "narcopolíticas"? ¿Ya se olvidó el famoso "partido de la muerte"? De la noche a la mañana, la furia se volvió té de tila. En la alta política no hay afrentas eternas, solo presupuestos y pactos de supervivencia.
Los "Rambos" de la CIA y la maquila de carpetas
Pero el punto cumbre del chiste —si no fuera un asunto tan turbio— es la versión de la Fiscalía de la República para justificar el fiasco del operativo. Sostener con rostro adusto que la seguridad nacional estuvo en riesgo por cuatro elementos de la CIA desarmados, que no atacaron a nadie ni representaban peligro alguno, es llevar la ciencia ficción al expediente penal.
Resulta que cuatro gringos, de los cuales solo uno balbuceaba un español mocho y únicamente se dirigía al agente Oceguera —elemento de la fiscalía fallecido en el operativo—, andaban volando un dron para "inspeccionar el terreno", hasta se les cayó. Pretender que este grupo iba a ejecutar un operativo de extracción tipo Caracas contra Maduro es tener la imaginación muy fértil o las excusas muy secas. ¿Y los más de 50 militares desplegados en la zona? Ni se enteraron de los cuatro americanos. Todo extrañamente opaco.
Mientras tanto, trasciende la cifra real: 150 acusaciones contra Jáuregui, confeccionadas y empaquetadas a marchas forzadas en los talleres de la Fiscalía General del Estado. Una auténtica maquiladora de expedientes para taparle el ojo al macho.
En este tablero donde las lealtades duran lo que tarda en secarse la tinta de un nombramiento, queda al descubierto una máxima del poder: entre políticos, los insultos de campaña se perdonan con una sonrisa, pero las facturas de la impunidad se cobran en prisión. Hoy se firman paces de utilería porque la cobija ya no alcanza para tapar a todos, y cuando la FGR entra a la sala, hasta los aliados de ayer se aseguran de que el de al lado sea el primero en sentarse en el banquillo.



