
Por Alessia Guerra
Hay una belleza casi poética en los informes de gobierno. Son ese ritual anual donde la realidad se maquilla, se peina, se pone traje de gala y baja por las escaleras para convencernos de que vivimos en el mejor de los mundos posibles.
Si la quincena no alcanza, el tráfico parece castigo divino o la inseguridad obliga a encomendarse antes de salir de casa, no se preocupe. Según el discurso oficial, todo marcha de maravilla. El problema, quizá, es que usted todavía no ha aprendido a ver el país con los lentes de la transformación.
Porque ya se sabe: “a palabras necias, oídos sordos” y, en política, “el papel aguanta todo”.
En este nuevo capítulo del gran teatro del bienestar, los porcentajes desfilaron con la elegancia de modelos de pasarela: tantos homicidios menos, tantos miles de millones invertidos, tantos programas, tantos logros y, por supuesto, tantos aplausos.
Un porcentaje por aquí, otro decimal por allá, una gráfica cuidadosamente seleccionada y ¡listo! El país queda convertido en una maravilla estadística.
El único pequeño detalle es que la realidad no siempre lee los informes.
Pero esta vez, lo verdaderamente interesante no estaba sobre el escenario.
Estaba en las butacas.
Porque mientras desde el micrófono se hablaba de unidad, fortaleza y rumbo compartido, varias de las sillas VIP permanecieron sospechosamente vacías.
Y no eran cualquieras.
Ahí faltaron algunos de los nombres que pesan —y bastante— dentro de la llamada Cuarta Transformación.
Gerardo Fernández Noroña, quien parece haber descubierto que en política las lealtades tienen fecha de caducidad y que hasta los aliados pueden convertirse en competencia cuando llega la hora de repartir el pastel.
Adán Augusto López, el hombre que sabe moverse con la precisión de quien conoce perfectamente dónde están las puertas… y cuándo conviene no cruzarlas.
Rubén Rocha Moya, quien quizá entendió que hay fotografías en las que aparecer puede costar más políticamente que no aparecer.
Y luego está Andy López Beltrán, heredero de uno de los apellidos más poderosos de la política mexicana, que ha descubierto que las redes sociales también pueden ser una trinchera cuando los reflectores tradicionales empiezan a calentar demasiado.
Pero faltaba una silla más.
Y esa sí tenía jiribilla.
La de la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos.
Porque si de ausencias políticas hablamos, la mandataria chihuahuense tenía razones de sobra para convertirse en una de las invitadas incómodas de cualquier fotografía de unidad.
El episodio de los agentes estadounidenses que participaron en un operativo para desmantelar un presunto narcolaboratorio en la Sierra Tarahumara abrió una grieta bastante visible entre Palacio Nacional y el Palacio de Gobierno de Chihuahua.
La presidenta Claudia Sheinbaum cuestionó que el Gobierno federal no hubiera sido informado de la presencia de agentes extranjeros en el operativo y dejó claro que la participación de personal estadounidense en labores de inteligencia y seguridad requiere protocolos y autorización federal.
Del otro lado, Maru Campos se deslindó de haber gestionado, autorizado o tenido conocimiento de la presencia de personas extranjeras durante aquella operación y defendió los resultados del operativo contra el narcolaboratorio.
Es decir, una decía: “esto no se informó”.
La otra respondía, en esencia: “a mí no me miren”.
Y entre ambas quedó flotando una pregunta que todavía tiene más vida que muchas promesas de campaña:
¿Quién sabía qué y cuándo lo sabía?
Pero, por supuesto, en política mexicana nadie se pelea.
Solo hay “diferencias de opinión”.
Nadie se distancia.
Solo “se respetan las agendas”.
Nadie está molesto.
Solo “hay mucho trabajo”.
Y nadie está fuera de la fotografía.
Simplemente… no salió en la foto.
Como dice el viejo refrán: “cuando el río suena, agua lleva”.
Y aquel río llevaba bastante ruido.
Porque una silla vacía puede ser casualidad.
Dos también.
Pero cuando comienzan a faltar figuras de peso y, entre ellas, aparece una gobernadora que ha tenido un episodio particularmente espinoso con la presidenta de la República, la casualidad empieza a usar demasiado perfume.
“Piensa mal y acertarás”, dice otro clásico.
Y la política mexicana se empeña en darle trabajo de tiempo completo a ese refrán.
Lo más curioso es que mientras el discurso insiste en la unidad, las ausencias empiezan a convertirse en el lenguaje más sincero de la ceremonia.
Porque una cosa es decir que todos están en el mismo barco.
Y otra muy distinta es comenzar a notar que algunos ya están preguntando dónde están los botes salvavidas.
Pero tranquilos.
Aquí no pasa nada.
No hay fracturas.
No hay pleitos.
No hay celos políticos.
No hay carreras adelantadas.
No hay reparto de candidaturas.
No hay diferencias internas.
No hay fuego debajo de la alfombra.
Y si alguien alcanza a ver humo, seguramente es porque algún asesor está preparando el comunicado para explicar que “todo se encuentra dentro de la normalidad institucional”.
Al final, apagadas las luces, guardados los trajes y desmontado el escenario, queda la pregunta que nadie quiere formular en voz alta:
¿Estaban vacías las sillas… o se está vaciando la unidad?
Porque una cosa es presumir que “el barco va viento en popa”.
Y otra muy distinta es que los pasajeros importantes comiencen a faltar precisamente cuando toca tomarse la fotografía familiar.
Por lo pronto, que continúe la función.
Que sigan los discursos.
Que desfilen los porcentajes.
Que se proyecten las gráficas.
Y que alguien cuide muy bien esas sillas.
Porque en política mexicana nunca se sabe cuándo una silla vacía deja de ser ausencia…
y comienza a convertirse en mensaje.
Y si además esa silla pertenece a una gobernadora que recientemente tuvo que explicar su versión sobre agentes estadounidenses operando en territorio chihuahuense, entonces ya no estamos hablando solamente de mobiliario.
Estamos hablando de política.
Y de esa, como bien sabemos, nunca falta.



