
Por Alessia Guerra
En política, hay desplantes que no necesitan portazos, y distancias que se miden en centímetros de protocolo. La relación entre el Gobierno Federal y el Gobierno de Chihuahua acaba de ofrecer una nueva postal de esa diplomacia donde nadie levanta la voz, pero todos entienden el mensaje.
La gobernadora Maru Campos decidió jugar la carta institucional y envió a Claudia Sheinbaum una solicitud formal para aprovechar su visita a Ciudad Juárez. La propuesta no fue menor: recibir personalmente a la presidenta, llevarla a una sesión de la Mesa Estatal de Seguridad en la Torre Centinela y sentarse a conversar sobre dos asuntos particularmente sensibles para Chihuahua: el agua y el gusano barrenador.
Sobre el papel, todo es cortesía republicana. En el fondo, también hay política. Y mucha.
Porque la petición llega apenas unos días después de que Campos explicara públicamente su ausencia en el Segundo Informe de Gobierno de Sheinbaum. La gobernadora reconoció que fue la única mandataria estatal que no acudió y justificó su decisión al señalar que no se sintió invitada “por consideración”, sino por compromiso, además de advertir sobre las diferencias que, desde su perspectiva, se habían acumulado con el Gobierno Federal.
Ahora, con la presidenta a punto de pisar territorio chihuahuense, la cortesía vuelve a tocar la puerta.
La gobernadora ofrece recibirla, mostrarle la Torre Centinela y poner sobre la mesa asuntos que tienen consecuencias directas para Chihuahua: la situación del agua y las obligaciones derivadas del Tratado de 1944, así como el problema del gusano barrenador y la reapertura de la frontera para la exportación de ganado. Son temas concretos, institucionales y suficientemente importantes para justificar una conversación de alto nivel.
Pero en política el contexto pesa tanto como el oficio.
La pregunta no es solamente si habrá reunión, sino qué tan fría o qué tan cálida será la cortesía. Porque una cosa es la coordinación entre instituciones y otra muy distinta la relación política entre quienes las encabezan.
La respuesta federal, si llega, puede mantenerse en el terreno más seguro de la diplomacia: acuse de recibo, canalización de los asuntos a las dependencias correspondientes y cumplimiento puntual de la agenda presidencial. Nada de confrontaciones, nada de portazos; simplemente el viejo recurso de responder con protocolo cuando la política aconseja mantener cierta distancia.
En la alta política, a veces el mensaje no está en lo que se dice, sino en lo que no se incluye en la agenda.
Y así, mientras Maru Campos extiende la mano institucional, la verdadera incógnita será si desde Palacio Nacional habrá apretón de manos, saludo protocolario… o simplemente la elegante cortesía de pasar de largo.



