
Por Alessia Guerra
El reloj corre, las corcholatas locales sudan frío y en Morena la paciencia ya se convirtió en doctrina oficial. Citlalli Hernández salió a explicarnos que la definición de las últimas 12 coordinaciones estatales requiere “el tiempo necesario”. Vaya revelación. Casi para convocar a una conferencia de prensa, tocar fanfarrias y entregar diplomas por semejante descubrimiento político.
Porque fechas exactas, ni soñando. Eso podría provocar “sesgos o conflictos”, y en Morena, como bien se sabe, lo importante es evitar conflictos… al menos hasta que ya no haya manera de esconderlos debajo de la alfombra.
Así que las corcholatas deberán continuar en ese maravilloso limbo político donde todos son suspirantes, todos tienen posibilidades y ninguno tiene nada seguro. Una especie de Schrödinger guinda, donde el candidato existe y no existe al mismo tiempo, dependiendo de la encuesta, del teléfono que no suena y, sobre todo, de quién tenga línea directa con la dirigencia nacional.
La explicación oficial es que el proceso debe hacerse con calma para preservar la unidad. Una frase preciosa que en política suele traducirse como: “aguanten tantito, todavía estamos acomodando las piezas”. Y es que acelerar demasiado podría despertar a las tribus, poner nerviosos a los padrinos y convertir la anhelada unidad en una auténtica carnicería de egos, reclamos y facturas pendientes.
Mientras tanto, Chihuahua observa desde la primera fila.
En el estado más grande de México, nos dicen que las encuestas requieren más tiempo por la cantidad de municipios. Una explicación técnicamente impecable, aunque políticamente tenga la misma consistencia que una promesa de campaña después de las elecciones.
Porque si el tamaño del territorio fuera el gran problema, habría que imaginar a los encuestadores cruzando barrancas, subiendo a la Sierra, atravesando desiertos y llegando a cada comunidad con su cuestionario bajo el brazo, como modernos exploradores electorales. Todo sea por encontrar al elegido por la voluntad popular.
La realidad, sin embargo, parece bastante menos épica.
En cafés, restaurantes, oficinas y pasillos de la grilla local, los nombres ya circulan con una seguridad que haría palidecer a cualquier encuestadora. Hay quienes aseguran que determinadas cartas ya están amarradas, que ciertos grupos ya recibieron señales y que algunas fichas llevan rato acomodándose en el tablero.
Claro, oficialmente nadie sabe nada.
Y ahí está precisamente la belleza del asunto: en Morena todos saben, pero nadie puede decir que sabe.
La dirigencia guarda silencio, los aspirantes sonríen como si no estuvieran nerviosos y los operadores políticos juran que no están operando. Todo perfectamente sincronizado para que nadie pueda acusar a nadie de haber empezado antes de tiempo.
Pero septiembre ya está encima. Y quizá, pasando el Día del Grito, la dirigencia decida que ha llegado el momento de soltar algunos nombres. Sería una estupenda manera de celebrar la Independencia: liberando a las corcholatas del cautiverio de la incertidumbre.
Aunque tampoco hay que emocionarse demasiado. La convocatoria tiene margen hasta diciembre, así que todavía existe suficiente calendario para prolongar el suspenso, aumentar los rumores y permitir que cada aspirante haga su respectivo viacrucis por oficinas, reuniones y fotografías cuidadosamente calculadas.
Porque una cosa es segura: si Morena consigue definir a sus coordinaciones estatales sin que nadie salga públicamente despeinado, ya podrá presumir una hazaña política de dimensiones bíblicas.
Y eso apenas será el primer capítulo.
Después vendrá el verdadero festín: distritos, municipios, sindicaturas y demás posiciones donde los padrinos locales sacarán la calculadora, medirán fuerzas y descubrirán que la famosa unidad guinda tiene muchas tonalidades.
Ahí veremos quién tiene estructura, quién tiene padrino, quién tiene encuesta y, sobre todo, quién tiene paciencia para esperar sentado mientras otros ya están repartiendo las sillas.
Por ahora, Morena pide calma, unidad y tiempo. Las corcholatas piden certezas. Los operadores piden señales. Y la militancia seguramente pide algo mucho más sencillo: que alguien diga de una vez quién va a ser el bueno antes de que el calendario termine por convertirse en el verdadero dirigente del partido.
Porque el problema no es que Morena se tome “el tiempo necesario”. El problema es que, mientras ellos calculan, encuestan, negocian y administran la incertidumbre, las corcholatas ya entendieron la regla no escrita del juego: en Morena no gana necesariamente el que aparece primero en la encuesta, sino el que sobrevive más tiempo a la espera sin que le cierren la puerta por dentro.
Y cuando finalmente se abra esa puerta, habrá que ver si detrás está la candidatura… o simplemente otra encuesta para seguir esperando.



