
Por Alessia Guerra
Dicen los viejos que compadre que se vuelve enemigo conoce dónde está enterrado hasta el perro. Y si alguien tenía dudas, que se asome al pleito entre Javier Corral y Cruz Pérez Cuéllar, porque aquello ya dejó de ser una diferencia política para convertirse en una auténtica guerra de compadres despechados.
En Chihuahua, Morena podrá presumir unidad, transformación y abrazos fraternales, pero por dentro parece reunión familiar después de repartir una herencia: todos sonríen para la foto, pero debajo de la mesa ya se están dando de patadas. Porque una cosa es ser compañero de partido y otra muy distinta compartir pasado, agravios y cuentas pendientes.
Javier Corral y Cruz Pérez Cuéllar conocen demasiado bien el viejo dicho de que “entre compadres, cuando hay dinero o poder de por medio, hasta el bautizo termina a sillazos”. La amistad entre ambos comenzó a hacer agua desde aquellos tiempos en que las ambiciones políticas empezaron a pesar más que la camaradería. Y como suele ocurrir en la política, donde hoy se rompe una piñata mañana se firma una alianza, los antiguos cuates terminaron convertidos en especialistas en sacarse los trapitos al sol. Y vaya que traen ropa acumulada.
Por un lado apareció Javier Corral, convertido nuevamente en fiscal, investigador, juez, parte y comentarista de su propio pasado político, para recordar que Cruz Pérez Cuéllar habría recibido 2.5 millones de pesos de la famosa “nómina secreta” durante el gobierno de César Duarte. Nada como una buena acusación del pasado para calentar una sucesión que todavía ni arranca oficialmente.
Corral advierte que, si Cruz llegara a la gubernatura en 2027, Morena podría perder algo más importante que una elección: podría perder la memoria. Según la narrativa corralista, la llegada del alcalde juarense representaría el regreso de viejos fantasmas, antiguos acuerdos y personajes que, aunque cambiaron de camiseta, parecen conservar el mismo álbum de recuerdos.
Pero el historial de favores y cobros no empezó ayer. En la memoria política chihuahuense todavía pesa el capítulo en que Cruz Pérez Cuéllar, desde la alcaldía de Juárez, le donó al Gobierno del Estado el terreno para la construcción de la multimillonaria Torre Centinela, un gesto que en su momento pareció un puente institucional pero que hoy se lee como un trofeo entregado al bando contrario.
Sin embargo, en el ajedrez guinda no gana el que más terreno dona, sino el que mejor mueve las fichas en la capital del país. Y ahí fue donde Corral cobró revancha: en la mesa de negociaciones de la dirigencia nacional, el exgobernador le ganó la partida a Cruz y le arrebató en el escritorio la candidatura al Senado de la República. Un golpe seco que dejó al juarense mascando desquite y con la espina clavada directo en el orgullo.
Por eso Cruz Pérez Cuéllar no se quedó sentado esperando la segunda homilía. El alcalde respondió con la delicadeza que caracteriza a dos compadres que ya se bloquearon del grupo de WhatsApp, diciendo que le preocuparía muchísimo que alguien como Javier Corral hablara bien de él. Traducido al idioma político local: “compadre, si tú me echas flores, reviso de inmediato dónde está la trampa”.
Y vino la devolución de gentilezas. Cruz decidió recordarle al hoy senador aquello que muchos chihuahuenses todavía tienen fresco: los tiempos en que el entonces gobernador parecía tener una agenda pública bastante flexible. Mientras Chihuahua ardía entre problemas y reclamos, las imágenes del mandatario practicando golf en horario laboral se convirtieron en un recuerdo permanente. Como dice el dicho: “el que vive en casa de cristal no debería ponerse a lanzar pelotas de golf”.
Entre acusaciones de desvíos, recursos para medios, el predio de la Torre Centinela, la carrera por el Senado y viejas decisiones administrativas, el intercambio ya parece menú ejecutivo de cantina: hay para todos y se sirve caliente. Lo curioso es que ambos ahora orbitan alrededor del mismo universo político: Morena, ese partido donde cada semana alguien anuncia la unidad mientras otros tres se están despedazando en entrevistas.
Aquí aplica aquel sabio consejo norteño: “compadre que mucho amenaza, algo sabe; y compadre que mucho se defiende, también algo recuerda”. Mientras los dos se tironean, la militancia observa cómo la sucesión de 2027 se convierte en un concurso de quién tiene el expediente más grueso del otro.
Al final, Corral y Pérez Cuéllar confirman que en la política la amistad dura lo que tarda en aparecer una candidatura. Entre sotanas políticas, rencores frescos, fantasmas duartistas, terrenos cedidos y escaños disputados en la mesa, una cosa queda clara: la sotana no quita lo mañoso, el cambio de partido no borra el pasado y el rencor entre compadres se conserva más fresco que la cerveza de la hielera. Agarren asiento, que de aquí al 2027 todavía faltan muchos secretos por filtrar.



