
Por Alessia Guerra
México podrá presumir que no tiene rey, reina ni familia real. No tenemos Buckingham, tenemos Palacio Nacional; no usamos coronas, usamos colores partidistas, y en lugar de príncipes tenemos algo mucho más mexicano y resistente al paso de los sexenios: los juniors del poder. Porque aquí cambia el presidente, cambia el partido, cambian los colores y hasta cambian las frases de campaña, pero hay una tradición que ningún gobierno ha podido erradicar: cuando alguien llega a la Presidencia, a la familia le empieza a salir, como por arte de magia, un talento empresarial que llevaba décadas escondido.
Y entonces aparecen los empresarios, los socios, los amigos, los compadres, los primos y toda esa fauna que, curiosamente, empieza a encontrar oportunidades exactamente cuando uno de los suyos se sienta cerca del poder. ¡Milagro! El poder tiene propiedades que la ciencia todavía no ha terminado de estudiar: da discursos, da votos, da presupuesto y, aparentemente, también despierta vocaciones empresariales que permanecían dormidas hasta que alguien consiguió las llaves de Palacio.
El caso que hoy tiene entretenida a la política nacional es el de Andrés Manuel López Beltrán, mejor conocido como Andy, hijo del expresidente Andrés Manuel López Obrador y figura política de un movimiento que durante años convirtió la austeridad en una especie de religión nacional. Durante el sexenio obradorista se nos explicó, una y otra vez, que viajar con demasiada comodidad era casi pecado; que vivir rodeado de lujos era una ofensa al pueblo; que las mansiones eran símbolos de corrupción y que los excesos de los gobiernos anteriores representaban todo aquello que la Cuarta Transformación había llegado a desterrar.
Pero resulta que, cuando la conversación se acerca a la parentela, la austeridad republicana empieza a parecerse demasiado a las dietas de enero: mucho entusiasmo el primer día y para febrero ya nadie quiere tocar el tema.
Alrededor de Andy se han generado cuestionamientos públicos sobre relaciones empresariales, políticas y familiares, así como sobre personas de su entorno vinculadas con negocios y contratos gubernamentales. Eso, por supuesto, no significa automáticamente que exista un delito, porque una amistad no es un expediente judicial ni una relación empresarial constituye por sí sola una sentencia. Pero políticamente el problema está precisamente en otro lado: en la contradicción. Y cuando un movimiento llegó al poder prometiendo barrer la corrupción de arriba hacia abajo, cualquier sombra de privilegio alrededor de la familia se convierte en un reflector de estadio.
Antes el discurso era sencillo: “No somos iguales”. Ahora, para algunos críticos, la frase empieza a sonar más bien a: “No somos iguales… pero también tenemos familia”.
Y vaya que la familia puede resultar una institución productiva.
En México, eso sí, hay que aprender a distinguir entre lo que está probado, lo que está bajo investigación, lo que ha sido documentado periodísticamente y lo que simplemente flota en el ambiente político como ese olor extraño que nadie reconoce, pero que todos detectan. Sin embargo, tampoco se necesita ser auditor de la Federación para comprender el problema político. No se trata solamente de cuánto dinero tenga alguien ni de si una actividad empresarial es legal o ilegal. La pregunta incómoda es mucho más sencilla: ¿dónde quedó aquella modestia que durante años se utilizó como vara para medir —y golpear— a los adversarios?
Porque no se puede pasar años regañando al país por aspiracionista y después sorprenderse de que el pueblo pregunte cómo le va tan bien a quienes viven suficientemente cerca del árbol del poder. El mexicano podrá tener muchas necesidades, pero memoria selectiva no siempre. Y si algo ha aprendido después de décadas de gobiernos, es que cuando un político jura que su familia no tiene nada que ver con el poder, conviene revisar primero dónde andan trabajando los amigos, los socios y los parientes.
Pero tampoco vayamos a fingir sorpresa. Andy no inventó la franquicia de los juniors presidenciales. Simplemente llegó a ocupar el capítulo más reciente de una historia que México lleva leyendo desde hace décadas.
Antes de la realeza guinda estuvo la corte de Los Pinos. Enrique Peña Nieto y su sexenio demostraron que México podía tener una monarquía moderna, siempre y cuando nadie la llamara monarquía y los integrantes de la familia usaran ropa de diseñador en lugar de capas. Angélica Rivera y la famosa Casa Blanca se convirtieron en uno de los símbolos políticos más incómodos del peñismo. Hubo explicaciones, investigaciones, versiones oficiales y discursos, pero políticamente la historia quedó tatuada en la memoria nacional.
Porque hay propiedades que pueden tener una explicación financiera y, aun así, convertirse en una catástrofe política. La Casa Blanca fue una de ellas. Y México descubrió entonces que una casa puede ser privada, pero un escándalo jamás lo es. Mientras tanto, la familia presidencial se convirtió en protagonista de una versión mexicana del cuento de Cenicienta, con la diferencia de que aquí no había hada madrina ni calabaza convertida en carruaje. Había Presidencia de la República, y eso, en México, abre muchas más puertas que cualquier hechizo.
Si seguimos excavando en el archivo de los familiares incómodos, inevitablemente aparecen los Bribiesca Sahagún. Los hijastros de Vicente Fox se convirtieron en personajes recurrentes de polémicas relacionadas con negocios y poder, mientras Marta Sahagún se consolidaba como una de las figuras más influyentes de aquel sexenio. Y desde entonces quedó instalada una sospecha que con el tiempo se convirtió casi en tradición nacional: en México, los familiares presidenciales pueden ser muy malos para mantenerse fuera de los reflectores, pero suelen ser extraordinariamente buenos para aparecer cerca de las oportunidades.
Porque cuando alguien cercano al Presidente empieza a hacer negocios, nadie pregunta primero cuánto sabe del negocio. La pregunta obligatoria es otra: ¿y desde cuándo conoce al Presidente?
Y si hablamos del museo nacional de familiares incómodos, entonces hay que hacer una reverencia histórica. Porque ahí está Raúl Salinas de Gortari, el hermano incómodo, el personaje que convirtió el parentesco presidencial en toda una especialidad mexicana. Desde entonces aprendimos una lección que debería estar impresa en los libros de civismo: los presidentes pueden ignorar muchas cosas, especialmente aquellas que ocurren demasiado cerca de la mesa familiar.
Pero el verdadero problema no es Andy, ni Peña, ni Fox, ni Salinas. El verdadero problema es que México parece tener una industria política dedicada a producir familias privilegiadas cada seis años. Cada administración llega jurando que va a terminar con los abusos de la anterior. El PRI acusa al PAN, el PAN acusa al PRI, Morena acusa a todos y, cuando llega el siguiente gobierno, descubre con enorme sorpresa que también tiene hijos, hermanos, primos, amigos y empresarios cercanos.
¡Qué coincidencia!
Debe ser la maldición del Palacio Nacional. Uno entra prometiendo austeridad y, de repente, descubre que tiene alrededor a una colección de personas con un espíritu empresarial que antes no habían podido desarrollar porque, pobrecitos, todavía no conocían las maravillas del poder.
Y así seguimos, con el mismo guion y actores diferentes. Antes fueron los juniors del PRI; después los del PAN; ahora los de Morena, y mañana serán los de quien logre vendernos mejor la promesa de que esta vez sí son distintos.
Porque la verdadera transformación mexicana no es de izquierda ni de derecha.
Es genealógica.
La sangre cambia de partido, pero rara vez pierde el olfato.
Mientras los políticos se pelean en la tribuna por decidir quién robó más, quién fue más corrupto y quién dejó al país más endeudado, las familias parecen haber encontrado una ideología mucho más eficiente: llevarse bien con las oportunidades. Al final, la ideología es un lujo. El poder, en cambio, suele resultar un excelente punto de partida para quienes tienen la fortuna de conocer a alguien que conoce a alguien que, casualmente, ocupa una oficina importante.
Por eso el gran problema de la Cuarta Transformación no es que tenga familiares. Todos los gobiernos los han tenido y todos los gobiernos tendrán parientes. El problema es que llegó prometiendo ser diferente. Y cuando un movimiento construye buena parte de su identidad política alrededor de la honestidad, la austeridad y una supuesta superioridad moral frente a sus adversarios, cualquier junior con buena vida, buenos amigos y negocios cuestionados se convierte automáticamente en una contradicción con piernas.
Y no hay nada que disfrute más el mexicano que ver caer una contradicción.
Nos dijeron: “Primero los pobres”.
Y el pueblo entendió.
Lo que nadie aclaró fue qué lugar ocupaban, dentro del organigrama familiar del poder, los hijos, los amigos, los socios, los compadres y todos aquellos que lograron sentarse suficientemente cerca del árbol.
Porque, como dice el refrán, al nopal solo se le arriman cuando tiene tunas.
Y en México, cuando el nopal está en Palacio Nacional, no llegan solamente las tunas. Llegan los empresarios, los contratistas, los amigos, los socios, los primos, los conocidos y uno que otro personaje que asegura que todo lo que tiene es producto de su trabajo, de su esfuerzo y de una sorprendente casualidad histórica.
La casualidad de que su prosperidad coincidiera exactamente con el momento en que alguien de su familia consiguió el poder.
Pero no seamos malpensados.
Eso, dependiendo del gobierno en turno, puede llamarse conservadurismo, neoliberalismo, guerra sucia, campaña de desprestigio o simplemente ataque de los enemigos del pueblo. Las etiquetas cambian con cada administración, pero la incomodidad de las preguntas sigue siendo exactamente la misma.
La realidad es mucho más sencilla. En México no tenemos monarquía. Tenemos democracia. Una democracia maravillosa en la que, cada seis años, elegimos a una nueva familia real y esperamos, con una fe casi religiosa, que esta vez sí resulte diferente.
Y mientras seguimos esperando el milagro, los mexicanos ponemos el presupuesto, pagamos los impuestos y observamos cómo los apellidos cercanos al poder siguen demostrando una admirable capacidad para sobrevivir a cualquier cambio de régimen.
Porque los partidos pasan.
Los presidentes se van.
Las promesas se pudren.
Los discursos caducan.
Pero los juniors…
¡Ah, los juniors!
Esos siempre encuentran la manera de heredar algo.
Aunque sea la oportunidad.



