
Por Alessia Guerra
La política mexicana regala postales de poesía involuntaria que ni el mejor dramaturgo podría presupuestar. Ahí estaba la senadora Andrea Chávez, impecable, con la barbilla en alto y sosteniendo entre las manos la carpeta que contenía el discurso de la victoria. El libreto estaba escrito, las porras afinadas y el ego listo para el abrazo de la historia. Lo que la joven senadora no calculó es que en la Cuarta Transformación las encuestas no las definen las llamadas telefónicas, sino los sismos de alta intensidad que se originan del otro lado del charco.
Cuentan las crónicas del templete que la mueca de desencanto comenzó cuando la ubicación de los lugares junto a los otros dos candidatos a la orilla del escenario, delató la tragedia antes de que se leyera el acta. Andrea supo que no era la "ungida" no por un aviso previo del partido, sino por la distancia física respecto al micrófono principal. Y es que el golpe de gracia no vino de Chihuahua, sino de la lejana Suiza: la "oportuna" localización de Amílcar Olán terminó por dinamitar los cimientos del edificio de su padrino político, Adán Augusto López, cuya capacidad de picar piedra resultó insuficiente para amortiguar el derrumbe de su pupila predilecta.
El beneficiario del naufragio fue Cruz Pérez Cuéllar, quien llegó temprano, relajado y flanqueado por su familia y una nutrida porra que casualmente conocía el resultado antes que la propia dirigencia. A Cruz no solo le favoreció la aritmética de los algoritmos de la casa encuestadora —esa ciencia opaca a la que solo los creyentes le rinden culto—, sino una alianza silenciosa donde Ariadna Montiel y Citlalli Hernández jugaron sus piezas en el tablero de los Monreal, con el guiño nada despreciable y el visto bueno que se percibe desde el despacho principal de Palacio Nacional con Doña Claudia.
La escena posterior fue el retrato del despecho y la orfandad. Andrea llegó tarde, tomada de la mano de su esposo y flanqueada por una Lilia Aguilar que no tardó en hacer lo que mejor sabe: incendiar la pradera. La diputada del PT y la hueste petista salieron echando pestes, gritando "fraude" y jurando que la manipulación de números en Morena daría para una tesis de ingeniería ficción.
Mientras los petistas patalean en el lodo, del lado de la senadora Chávez solo se percibía un silencio sepulcral, denso, de esos que dejan los choques de alta velocidad. El golpe fue seco, fulminante y con técnica quirúrgica. Falta ver si el orgullo le alcanza para arrastrar la dignidad de vuelta al escaño en el Senado, o si la resaca del desengaño la mantendrá en la sombra mientras procesa la primera gran lección del poder: en la política de la 4T, la carpeta con el discurso ganador se puede convertir en confeti en cuestión de segundos.



