
Por Alessia Guerra
Dicen por ahí que no hay nada más demócrata en este mundo que un político cuando siente que la mesa de juego ya viene con las patas chuecas y los dados cargados.
Sale al ruedo con las espuelas afiladas César Jáuregui en la escena local, con la espada desenvainada y el discurso afinado. El exfiscal general del Estado levantó la mano para la alcaldía capitalina, pero no sin antes lanzar un dardo directo a las cúpulas: exige "piso parejo", reglas claras y mediciones objetivas. La ironía se escribe sola cuando un perfil formado en las mismísimas entrañas del poder exige neutralidad franciscana al Comité Ejecutivo Nacional del PAN y a sus augustos emisarios.
Bajo la consigna de "defender la casa", Jáuregui desempolvó el fantasma de 2021, aquel bendito proceso interno donde la militancia definió a los aspirantes albiazules. La jugada no tiene pierde: si el aire que sopla desde las alturas no le favorece del todo, la base militante se convierte mágicamente en su mejor escudo para evitar el tradicional "dedazo" disfrazado de encuesta.
Apoyo con condición: Respalda la intervención del CEN panista, faltaba más, siempre y cuando la mesa no esté inclinada a favor del consentido de la semana.
Nostalgia a la carta: Apela al método de hace cinco años para recordar que la militancia responde maravillosamente cuando se le toma en cuenta... o cuando se le convoca para hacerle sombra a la línea oficial.
Campaña de a pie: Promete recorridos en colonias y reuniones de estructura para "aplastarlos a todos", aplicando al pie de la letra el manual básico de supervivencia para no quedar fuera de la nómina de la conversación política.
Resulta verdaderamente tierno cómo los viejos lobos de mar le agarran un amor desmedido a la "democracia interna" únicamente cuando presienten que el tablero de ajedrez no se acomodó a su favor. Ya se verá si en el PAN capitalino le conceden la cancha pareja que exige o si, como dicta la vieja costumbre de la política criolla, la mesa ya tenía nombre y apellido asignados desde antes de repartir las cartas.
Por si fuera poco el sainete, otro que le entró de lleno a la discordia tras la famosa foto a favor del "barbas de candado", Santiago de la Peña, fue ni más ni menos que Rafa Loera. Ahora que ya no tiene jefa incómoda que le ponga freno de mano, se puso el traje de árbitro moral para exigir que la discusión no se ponga fea. Según él, no hay que descalificar ni buscar pleitos rancheros, sino garantizar que el partido se rija bajo estatutos claros, imparcialidad y participación efectiva de la militancia.
En ese sentido, Loera lanzó su llamado para evitar que las estructuras del servicio público anden condicionando la decisión democrática. Concluye muy serio que el respeto a la libre competencia resulta indispensable para no empañar la pureza del partido.
Todo este teatro surge porque, según cuentan los pasillos, desde la silla principal del Palacio de Cantera se aferran a seguir impulsando al secretario de Gobierno, Santiago de la Peña. Los chismecillos de café aseguran que el respaldo ya rayó en un capricho institucional de esos que se pegan al cuerpo cual gusano barrenador en ganado gordo. Y para muestra, un botón: los enterados de aquella sonada reunión en una granja —que tuvo más facha de acto de campaña que de convivencia amistosa— juran que de los casi 60 delegados de Acción Nacional presentes, escasos nueve levantaron la manita para respaldar la causa. ¡Ufas!
Si desde la cúpula insisten en empujar al de la barba candado a pesar de lo que dictamine la dirigencia nacional para la elección de la discordia, habrá que alistar las palomitas. ¿Ganará el dedo inquisidor del poder o la rebelión de las bases del PAN? Hagan sus apuestas, que el circo apenas va a mitad de función.



