
Por Alessia Guerra
En política, como en el amor, un anillo puede decir muchas cosas… y provocar todavía más rumores. En Ciudad Juárez ya comenzaron las apuestas sobre si habrá boda en la 4T fronteriza, luego de que a una exsenadora y actual aspirante a coordinar los trabajos de su partido en Chihuahua se le ha visto luciendo un anillo de compromiso que, por lo menos, no pasa desapercibido.
La susodicha anda feliz, recorriendo municipios, tocando puertas y gastando suela como si la campaña fuera maratón y no carrera política. Y mientras ella presume kilómetros recorridos, la joyería de la mano izquierda parece tener su propia agenda mediática. ¿Habrá marcha nupcial? ¿Ya hubo “sí, acepto” en corto? ¿O simplemente estamos ante otra de esas historias que la grilla fronteriza convierte en telenovela antes de que los protagonistas confirmen el primer capítulo?
Su pareja, el joyero Emil Kamar, suele mantenerse lejos de los reflectores políticos. Sin embargo, el pasado domingo apareció en una postal familiar rumbo a Chihuahua capital: Emil, la aspirante y el pequeño Emiliano, quien ya parece haberse convertido en el copiloto oficial de una campaña bastante particular. Mientras mamá recorre el estado, el pequeño va a bordo, literalmente pegado a ella, demostrando que en política moderna ya no basta con llevar agenda, equipo de prensa y operadores: también hay que llevar pañalera.
Y claro, en la frontera nada pasa desapercibido. Apenas aparece un anillo, una fotografía o una pareja caminando junta, y de inmediato aparece el respetable comité ciudadano de la especulación. Ahora hay quienes quieren convertir al joyero en protagonista de una fiscalización política que, estrictamente hablando, no le corresponde por ser un particular.
Porque una cosa es exigir transparencia a quien busca un cargo público y otra muy distinta pretender que la pareja sentimental tenga que presentar declaración patrimonial por el simple delito de haberse enamorado. Si mañana resulta que el anillo es de compromiso, enhorabuena; si resulta que solamente es un anillo, también. No vaya a ser que la oposición termine haciendo auditoría hasta de las alhajas.
Mientras tanto, la aspirante sigue moviéndose en el tablero político. Presume haber recorrido los 67 municipios de Chihuahua en cinco ocasiones, una cifra que habla de disciplina territorial y de una estrategia que no parece improvisada. Ni el embarazo, ni el nacimiento del pequeño Emiliano, ni ahora la maternidad han conseguido sacarla del camino. Eso, en política, pesa más que cualquier fotografía bonita.
Y ahí está precisamente el asunto: mientras algunos se entretienen contando quilates, otros cuentan municipios, simpatías y posiciones dentro de la carrera por el poder estatal.
Las encuestas, según presume su equipo, le sonríen; y eso explica por qué más de uno en la grilla local comienza a mirar de reojo. Los fantasmas del viejo régimen tampoco parecen muy cómodos con la posibilidad de que una figura con fuerte presencia fronteriza siga ganando terreno.
Así que, por ahora, hay dos carreras en marcha: una política y otra hacia el altar… aunque solamente una de ellas tiene calendario.
La política, dicen, es el arte de esperar. El amor también. Y en Chihuahua, donde cualquier anillo puede convertirse en noticia y cualquier recorrido en precampaña, quizá lo más prudente sea no comprar todavía el vestido de novia.
Porque en la grilla, como en el matrimonio, primero hay que llegar al “sí”… y luego sobrevivir a los testigos.



