
Por Alessia Guerra
Dicen que la vida no es color de rosa. Y eso nos lo recordó, con tono filosófico y de despedida, el exalcalde Juan Blanco Zaldívar al dejar el Departamento de Carreteras. Lo que quizá olvidó mencionar es que, en política, a veces la vida deja de ser color de rosa justo cuando uno decide pintar el futuro con los colores de otro proyecto político.
Porque aquí está el pequeño detalle que cambia toda la historia: Juan Blanco no se va porque haya decidido alegremente colgar los guantes y dedicarse a contemplar el paisaje carretero. Su pecado político, según la lectura que corre en los pasillos del poder, fue algo bastante más incómodo: apoyar a un candidato que no es precisamente el candidato ni el proyecto que impulsan en la casa de cantera.
Y en política eso puede resultar más caro que cualquier caseta.
Así que el famoso despido, presentado con todo el protocolo y la solemnidad de quien supuestamente voluntariamente decide emprender nuevos caminos, tendría en realidad bastante de aquella vieja fórmula burocrática de: “presentas tu renuncia o te ayudamos a presentarla”.
Una cortesía administrativa de esas que no necesitan amenazas, porque el mensaje llega solito.
El problema no era la campaña, sino de quién
La jefa que despacha desde palacio fue bastante clara al señalar que Blanco Zaldívar “anda en campaña” y que debería dejar la grilla para ponerse a trabajar.
¡Qué curioso!
Porque en Chihuahua parece que hacer campaña no siempre es pecado. El problema puede estar en para quién se hace campaña.
Ahí está la verdadera diferencia.
Si el funcionario se mueve políticamente en la misma dirección que el proyecto oficial, seguramente se llama trabajo territorial, cercanía ciudadana, diálogo político y fortalecimiento institucional. Pero si empieza a levantarle la mano a alguien que no está en la lista de invitados de Palacio, de pronto la misma actividad se convierte en distracción, adelantamiento electoral y falta de resultados.
¡Qué cosas tiene la política!
Así que Juan Blanco habría descubierto de la manera menos romántica posible que en un gobierno se puede tener libertad de pensamiento, libertad de expresión y hasta libertad para hacer campaña… siempre y cuando no sea para el candidato equivocado.
La renuncia que llegó con chofer
Mientras el equipo del exfuncionario preparaba una despedida digna de reconocimiento a toda una trayectoria, la realidad política parecía tener preparada otra escena: una puerta de salida elegantemente abierta desde Palacio.
Porque cuando una renuncia llega después de que el jefe político deja públicamente claro que el funcionario anda en campaña, resulta difícil creer que se trató simplemente de una decisión espontánea, meditada y tomada después de una larga noche de reflexión frente al espejo.
Digamos que fue una renuncia con un poquito de “ayuda institucional”.
De esas en las que uno escribe “por motivos personales”, aunque todo el mundo sepa que los motivos tienen nombre, apellido y aspiraciones electorales.
Y mientras se organizaban homenajes y discursos sobre los resultados obtenidos, los automovilistas seguían enfrentándose a las filas en las casetas. Porque podrán cambiar directores, funcionarios y aspirantes, pero hay algo que permanece firme: el ciudadano sigue pagando.
En la Casa de la Cantera ya escucharon el mensaje
La salida de Blanco Zaldívar deja una advertencia bastante más interesante para quienes todavía ocupan una oficina dentro del gobierno estatal: la lealtad política no parece ser un asunto menor cuando se acercan los tiempos electorales.
Y mucho menos cuando alguien decide jugar sus cartas con un candidato que no tiene el visto bueno de quien ocupa la oficina principal.
Así que más de uno debería revisar cuidadosamente sus fotografías, sus reuniones, sus grupos de WhatsApp y hasta sus “amistades políticas”, porque en temporada electoral cualquier abrazo puede convertirse en evidencia y cualquier apoyo puede terminar convertido en carta de renuncia.
Al final, las carreteras seguirán necesitando mantenimiento, las casetas seguirán cobrando y los automovilistas seguirán haciendo fila.
Pero en Palacio parece que también hay casetas.
Solo que esas no cobran dinero.
Cobran lealtades.
Y Juan Blanco, al parecer, acaba de pagar la suya.



