
Por Alessia Guerra
¡Ay, mi México lindo y querido! Siempre encontrando la manera de pasar del "¡Cielito Lindo!" al "¿Qué nos pasó?" en menos de noventa minutos. Arrancó el Mundial 2026 y la afición mexa, fiel a su bonita costumbre de no conocer los términos medios, ya demostró que para el desmadre nos pintamos solos... y para salirnos de la cancha con tarjeta roja, también.
Resulta que los triunfos de la Selección Tricolor han desatado una euforia tan desmedida que los festejos ya parecen más bien una batalla campal de gladiadores modernos. La pasión se desbordó tanto que el juego limpio brilló por su ausencia, dejando a varios aficionados en el hospital y obligando a las autoridades a aplicar el clásico "después del niño ahogado, a tapar el pozo". Como siempre, la policía y los gobernantes saltan a la cancha cuando la telaraña del caos ya los atrapó a todos y el partido se les salió de las manos.
Ahora sí, muy finos ellos, dictaron las nuevas reglas de la tribuna: el que quiera celebrar tendrá que hacerlo casi casi con las manos en la cintura y pidiendo permiso. Las nuevas medidas restrictivas —que parecen más un manual de comportamiento escolar que un festejo mundialista— sentencian: nada de alcohol, nada de espuma, banderas sí, camisetas verdes también, pero de portarse mal, ni hablemos.
Tuvo que ocurrir un atropello múltiple para que a las brillantes mentes de la seguridad pública se les ocurriera la "revolucionaria" idea de cerrar la circulación en la Glorieta de Pancho Villa. ¡Vaya genialidad táctica! Además, parece que el director técnico de la policía por fin les quitó el celular: ahora los oficiales tendrán que dejar el chisme en el WhatsApp y hacer acto de presencia real en los festejos, en lugar de andar cazando Pokémones digitales mientras la afición se rompe el alma en las calles.
En la Ciudad de México, para no quedarse atrás en el torneo del autoritarismo festivo, se aventaron de plano a la activación de la Ley Seca. Sí, leyeron bien: en pleno Mundial y sin una gota para pasar el trago amargo o celebrar el gol. Es que, seamos honestos, esta vez los mexicanos nos pasamos de la raya. Agarramos a los pobres turistas futboleros como si fueran matracas humanas: los aventaban por los aires con la famosa "manteada" y, a la hora de cacharlos, ¡pum!, al cemento puro porque calcularon mal la gravedad. Una cosa es la calidez latina y otra muy distinta es mandar al hospital al sueco o al coreano que solo quería bailar "La Chona".
La euforia se pasó de rosca. Todos sabemos que el mexicano se caracteriza por tener un ambiente de fiesta incansable, un folclor que enamora al mundo, pero hoy la realidad nos metió un gol de vestidor. Desafortunadamente, hay familias que no la están pasando nada bien, y ni hablar de los propios participantes de las celebraciones que terminaron con el boleto directo a la Cruz Roja.
Esperemos que la afición entienda que el Mundial se juega en la cancha y se disfruta en las calles, no se trata de ver quién aguanta más golpes contra el pavimento. A ver si con las nuevas restricciones aprendemos a jugar en equipo, porque hasta ahora, en el campeonato del sentido común, vamos perdiendo por goleada.



