
Por Alessia Guerra
Dicen por ahí que en la política la verdad no camina: flota cuando conviene, se esconde cuando asusta y, la mayoría de las veces, se avienta unas curvas que ya las quisiera el mismísimo Fernando Valenzuela. El último episodio del clásico chihuahuense entre la gobernadora Maru Campos y el ahora senador Javier Corral es una cátedra de cómo transformar un aburrido trámite burocrático en una tragedia griega de proporciones electorales.
Resulta que la mandataria estatal activó las alarmas del Estado y denunció una "persecución política" de dimensiones épicas debido a un citatorio en la Ciudad de México. Pero, ¡oh, sorpresa!, el senador Corral —vistiendo su capa de la pureza procesal— salió a aclarar el entuerto con una dosis de sarcasmo que rozó la crueldad.
Según el legislador de Morena, la gobernadora no va al banquillo de los acusados; va, básicamente, a que le aplaudan. Corral explicó que la jueza de control la citó porque la Fiscalía capitalina le dio un bonito "carpetazo" a una denuncia penal en su contra, y como él impugnó la decisión, la ley exige que la beneficiada esté presente para ver si le sostienen el regalo.Qué "brutal ironía": Maru Campos se viste de mártir perseguida por un citatorio judicial que se originó... ¡para defender el fallo que la favorece! En el manual del político chihuahuense, cualquier sobre con sello oficial es un pase automático al club de las víctimas.
Mientras los equipos jurídicos se despedazan y las indirectas siguen curveando la realidad, el respetable público asiste a otra función de este eterno baile de espejos. No cabe duda: entre políticos te veas. Al final, no importa qué diga la ley o quién tenga la razón jurídica; lo importante es quién llora mejor ante la cámara y quién vende el mejor guion de Netflix. ¡Salud por el drama!



