
Por Alessia Guerra
El panorama político chihuahuense ha alcanzado una sofisticación digna de análisis clínico. Ya no nos desgastamos debatiendo sobre presupuestos, baches o seguridad; ahora la alta política se dirime en el departamento de interpretación semántica y control de daños teatrales. Las protagonistas de este refinado ejercicio de madurez pública son Daniela Álvarez y Andrea Chávez. Dos figuras que, en su afán de iluminarnos, decidieron recordarnos por qué el ciudadano promedio a veces prefiere apagar la pantalla.
Por un lado, la presidenta estatal del PAN, Daniela Álvarez, nos regaló una cátedra de esa soberbia que parece venir incluida en el manual de la dirigencia. Con una risita que pretendía ser audaz pero terminó siendo un monumento a la imprudencia, soltó comentarios que rozaron el sinsentido. La burla como estrategia de comunicación es un juego peligroso, sobre todo cuando le dejas el balón botando en el área a una rival experta en el arte de la capitalización política.
Y es que Andrea Chávez, senadora con licencia, demostró una vez más que es una sommelier de la victimización. Con las manos en el vientre y una solemnidad casi litúrgica, salió a denunciar que el panismo había lanzado un misil teledirigido contra su hijo aún no nacido, Emiliano. Según la narrativa oficial del agravio, Álvarez le deseó "el peor mal posible" y que el bebé "se desprendiera" de su vientre.
Una verdadera obra maestra en el arte de ponerle crema a los tacos —o más bien, de inventar el taco completo a partir de una pizca de sal.
El pequeño detalle —ese incómodo elemento llamado realidad— es que cualquiera que haya visto la grabación sabe perfectamente que la imprudente Daniela jamás pronunció semejante barbaridad. Pero claro, en la escuela de la retórica moderna, la verdad histórica es un accesorio secundario cuando se tiene la oportunidad de colgarse una medalla de mártir. El problema, para Andrea, es que en la era digital el electorado tiene la extraña manía de revisar los videos. Mentir con tanta gravedad sobre un registro público no es solo arriesgado; es subestimar el coeficiente intelectual de quienes pretenden que voten por ella.
¿Qué nos deja este ilustre episodio del debate público? Un balance desolador. En una esquina del tablero, una dirigencia blanquiazul que confunde la agudeza con la mofa y la soberbia; en la otra, una representación guinda que domina con precisión quirúrgica el diseño de la indignación empaquetada. Un despliegue de diretes donde la soberbia de una alimentó la exageración de la otra, dejándonos claro que, cuando se trata de madurez política, ambas prefieren jugar en la categoría infantil.



