
Por Alessia Guerra
Hay puestos que, sencillamente, parecen quedarle demasiado grandes a quienes prefieren la comodidad del megáfono de protesta antes que el peso de la investidura. Nuestra presidenta, Claudia Sheinbaum, volvió a demostrar esta semana que padece de una aguda alergia al protocolo y una preocupante nostalgia por sus épocas de la resistencia estudiantil en la UNAM.
Resulta que a la mandataria le pareció una magnífica idea de "justicia social" despreciar el Mundial de Fútbol 2026. Con esa sonrisa ensayada que ya es marca de la casa en las mañaneras, anunció que regalaría el boleto número 001 —el de la crema y nata, el del palco de honor de la FIFA— a una joven que se ganó el lugar a punta de dominadas. Una narrativa hermosa para el guion de la transformación, si no fuera porque el mundo real no se gobierna con otros datos. La FIFA, un monstruo corporativo que de romanticismo no sabe nada, vio el gesto, se encogió de hombros y mandó a la joven a otra sección. El idealismo chocó, como siempre, con la pared de la realidad.
La fobia a las rechiflas y los "baños de pueblo" selectivos
Dice la narrativa oficial que Claudia no fue porque el Mundial es un evento "elitista". Una justificación asombrosa si recordamos su reciente viaje relámpago a España para una convención de izquierdistas. Ahí sí no importó el gasto público, ni el combustible, ni el elitismo europeo; ahí iba feliz a abrazar camaradas y a revivir los discursos de barricada de sus años mozos.
La verdad detrás de su ausencia en el recién rebautizado Estadio Banorte es más humana y menos ideológica: miedo. Sheinbaum recordó los fantasmas de Luis Echeverría o Miguel de la Madrid y prefirió evitar la ensordecedora sinfonía de abucheos de un estadio lleno de lo que en Palacio llaman "puros fifís". Para curarse en salud, decidió irse a dar un baño de masas en la Gustavo A. Madero junto a Clara Brugada. Pero el efecto fue el contrario: en lugar de verse como una líder del pueblo, se vio pequeña, asustada y empequeñecida por el tamaño de un evento histórico que decidió abandonar.
Ricardo Salinas Pliego: El vacío que la soberbia no pudo llenar
En la física y en la política, los espacios vacíos no existen; siempre alguien los ocupa. Y si pasaste toda la semana en la mañanera subiendo a la palestra a tu peor enemigo, magnificándolo y acusándolo de ser el orquestador de las manifestaciones, lo mínimo que puedes esperar es que te tome la palabra.
El "Tío Richi", ni tardo ni perezoso, vio la silla vacía del poder y se lanzó por ella.
A Ricardo Salinas Pliego no le importaron las mentadas de madre; le daban risa. Llegó bien puesto al partido de México contra Sudáfrica a ocupar el vacío que la presidenta dejó. Mientras ella se escondía en la periferia, el magnate de las redes sociales se volvía viral en el palco de honor. Las muestras de apoyo y los gritos de "¡Presidente, presidente!" no eran para una izquierda que gobierna con encuestas de popularidad bajo el brazo, sino para el empresario que supo capitalizar el berrinche presidencial.
Una mandataria atrapada en sus propias emociones
Al final del día, el autogol fue magistral. Sheinbaum le cedió la cancha, el balón y el trono a Salinas Pliego. Este episodio desnuda a una jefa de Estado que no controla sus emociones, que se pierde entre los números que le entrega su gabinete para endulzarle el oído y que prefiere el aplauso seguro de la militancia antes que encarar al México real, ese que no se alinea con sus dogmas.
La resistencia ya terminó, presidenta. El problema es que usted sigue comportándose como oposición, dejando las sillas del poder vacías para que cualquiera —incluso su peor pesadilla— se siente en ellas a sonreír.



