
Dicen los que saben que la vida dentro del Altiplano no es una jornada de campo; al contrario, el aislamiento muerde profundo. Hablamos de la prisión que resguarda a los criminales más peligrosos, sanguinarios y letales de México, un lugar diseñado para queferes del crimen pierdan el rastro del sol. Pero claro, esa regla de terror y disciplina aplica para los mortales, no para un hombre que llegó a respirar exclusivamente el oxígeno de la opulencia, la impunidad y el poder absoluto.
A juzgar por los hechos, la cárcel de Chihuahua no le enseñó absolutamente nada. César Horacio D. J. salió de ahí remasterizado, blindado, como si el rigor del encierro en máxima seguridad fuera un mito urbano o un simple trámite vacacional.
Quienes lo vieron entrar a un consultorio dental no daban crédito: los custodios no lo escoltaban, lo trataban con la sumisión de un mesero ante su cliente favorito. Él, sonriente y relajado, parecía inmune a la gravedad de sus delitos. Ni siquiera el uniforme de reo lograba restarle esa actitud de perdonavidas; total, la ropa de prisión es un accesorio irrelevante cuando el descaro sigue intacto.
Quedaron ya en el baúl de la vergüenza aquellos ridículos pero célebres bailes para atraer la lluvia, las comilonas en restaurantes donde la cuenta equivalía al presupuesto de una escuela pública, y las noches de desvelo en antros de "chavorrucos" donde se sentía el rey de la pista.
Sin embargo, el dinero y la soberbia no siempre compran la lealtad eterna, y el oro mal habido suele evaporarse rápido cuando se trata de salvar el propio pellejo.
La pregunta que flota en el aire: ¿Qué pasó con sus finísimos abogados de toda la vida? ¿Lo abandonaron en el naufragio al ver que el barco se hunde o simplemente ya no pudieron exprimirle más millones a su majestad?
Porque seamos claros: mantener el estatus en lo que muchos llaman "el hotel más caro del mundo" no es cosa menor, y las propinas ahí dentro deben ser de ligas mayores. Habrá que ver quiénes son ahora sus nuevos "compañeritos" de pasillo entre tanto capo de renombre y si comparten su finísimo gusto por lo ajeno. Mientras tanto, el contraste de la tragedia familiar es digno de una telenovela de humor negro y karma instantáneo: de ver a su esposa, Bertita, convertida en la primera dama del estado, a tenerla hoy recluida en la frialdad de una prisión en Estados Unidos.
El nuevo elenco del circo jurídico (y cómo ganar tiempo)
Como la avaricia es una pésima consejera —sobre todo esa variedad psicópata que anula cualquier gramo de empatía para saquear a un pueblo que ingenuamente creyó en promesas—, el exgobernador ha decidido cambiar los payasos de su circo. Al sentirse un ser de luz, único e intocable, resolvió que era hora de renovar el vestuario legal para ver si así el juez le compra el cuento.
En un giro dramático (y predecible) de su estrategia jurídica, revocó formalmente al pool de abogados que arrastraba el caso y, en plena audiencia, bendijo con su confianza a un nuevo equipo de rescatistas:
Directo de Nuevo Casas Grandes Chihuahua.
Fieles al manual del litigio dilatorio y a la vieja escuela de "cómo congelar la justicia", los nuevos defensores no tardaron ni cinco minutos en activar la maquinaria de pretextos. Apenas tomaron el control, solicitaron un desfile de actuaciones procesales ante la jueza de Control. ¿El argumento? El clásico: que necesitan "preparar adecuadamente" el terreno, como si el expediente fuera una sorpresa de última hora.
El resultado fue el esperado en este tipo de puestas en escena: la audiencia se difirió y quedó reprogramada para el próximo 1 de julio. Un mes más de oxígeno, un mes más para reacomodar las finanzas del encierro y un mes más para comprobar si el nuevo tratamiento legal le sigue dibujando esa sonrisa descarada que tanto cala en el estómago de los chihuahuenses. Mientras el sistema judicial se enreda en sus propias burocracias complacientes, el cinismo de César Horacio viaja a la velocidad del jet privado que ya no tiene.



