
Por Alessia Guerra
Dicen en la sierra que es peligroso querer venderle un gato tuerto a quien crió al felino. Sin embargo, en el comité de la avenida Ocampo parecen empeñados en hacer malabares electorales, aunque la función se les esté cayendo a pedazos.
El estallido de las lideresas de colonia en el PAN Municipal dejó las cosas claras: la base capitalina no se va a tragar el menú digerido. El malestar lleva nombre implícito: ese altísimo funcionario de la gobernabilidad a quien en Palacio ya le andan midiendo la corbata de candidato, mientras abajo los ánimos arden como pavimento en julio.
¡Qué corta es la memoria cuando el poder aprieta! Apenas ayer criticaban las «encuestas» de enfrente por ser puro adorno del dedo institucional. Pero bastó con que la dirigencia dijera que «el número uno de la encuesta será el bueno», para que ocurriera el milagro: en un parpadeo, cierto personaje del gabinete saltó del fondo de las preferencias al primerísimo lugar. Magia pura de despacho con aire acondicionado.
El reclamo duele porque es real: para morder el polvo e ir a hacer bola a Ciudad Juárez, ahí sí todas son azul eufórico. Pero cuando en Chiwas se sirve la mesa, a las bases les salen con que el plato fuerte ya tiene firma de Palacio.
En el PAN olvidan una regla básica del campo: el ganado se amansa con rastrojo, no a garrotazos. Ignorar el carácter de esta tierra es un error costoso. Si insisten en la imposición disfrazada de sondeo, que no se sorprendan si en la urna la militancia se cruza de brazos. Porque en Chihuahua la lección es clara: aquí el que se sienta arriba del caballo, primero tiene que saber ensillarlo.







































































