
Por Alessia Guerra
Hay cosas que cuesta trabajo creer.
Un joven a 140 kilómetros por hora. Desnudo. Presuntamente intoxicado con cocaína, cristal y alcohol.
No, no es una escena eliminada de una película de humor negro.
Pasó aquí.
Y el problema es que la película terminó con un muerto de verdad.
Bacilio C. I., de 64 años, perdió la vida. No estaba compitiendo. No estaba buscando problemas. Simplemente tuvo la mala fortuna de encontrarse en el camino de una combinación que nunca debió estar detrás de un volante: drogas, alcohol, velocidad y, sobre todo, una ausencia monumental de sentido común.
Ahora viene la segunda parte de la historia.
La jurídica.
Luis Fernando E. I. fue vinculado a proceso por homicidio imprudencial con agravantes y el caso seguirá su curso ante los tribunales.
Y como suele ocurrir cuando la realidad se pone fea, aparecen los argumentos sofisticados.
Que si posibles padecimientos psiquiátricos.
Que si inimputabilidad.
Que si circunstancias particulares.
Todo puede discutirse. Para eso están los abogados, los jueces y las leyes.
Pero hay algo que no debería perderse entre tanto tecnicismo:
Bacilio está muerto.
Y no hay argumento jurídico que pueda cambiar ese pequeño detalle.
Que quede claro: una enfermedad mental real no debe ser motivo de estigma ni puede utilizarse para etiquetar a una persona como peligrosa. La salud mental merece respeto y atención profesional.
Pero tampoco podemos llegar al absurdo de pensar que cualquier persona que comete una conducta peligrosa después de intoxicarse voluntariamente puede simplemente levantar la bandera de la crisis mental y asunto arreglado.
Porque entonces el mensaje sería terrible.
Consuma, conduzca, destruya una vida y después busque una explicación que lo saque del problema.
No.
Así no funciona una sociedad responsable.
El debido proceso debe respetarse. Las pruebas deben analizarse. Los peritajes deben hablar. Y el juez deberá determinar lo que corresponda conforme a derecho.
Pero la sociedad también tiene derecho a exigir algo elemental: responsabilidad.
Porque manejar intoxicado no es como olvidar las llaves.
No es llegar tarde al trabajo.
No es pasarse un semáforo por distraído.
Es poner una máquina de metal a toda velocidad en medio de seres humanos mientras las facultades están severamente alteradas.
Y si además se circula a 140 kilómetros por hora, ya no estamos hablando de una simple imprudencia.
Estamos hablando de jugar a la ruleta rusa con desconocidos.
Lo curioso es que después de una tragedia siempre aparecen explicaciones.
Que la calle.
Que la glorieta.
Que la vegetación.
Que la iluminación.
Que la visibilidad.
Y sí: si una vialidad está mal diseñada, debe corregirse. Si una glorieta tiene obstáculos visuales, deben retirarse. Si existe infraestructura peligrosa, las autoridades tienen que responder.
Pero tampoco hay que confundir las cosas.
La vegetación no consume drogas.
La glorieta no bebe alcohol.
El pavimento no pisa el acelerador.
Y las calles, por más defectos que tengan, tampoco deciden ponerse detrás del volante.
La decisión la toma una persona.
Y esa es precisamente la parte incómoda que algunos prefieren no mirar.
Tenemos una cultura donde todavía hay quienes presumen cuánto pueden beber y luego manejar. Cuánto corre su automóvil. Qué tan rápido pueden llegar.
Después, cuando ocurre una tragedia, todos se preguntan cómo pudo pasar.
Pues pasó.
Porque durante años hemos tratado la irresponsabilidad vial como si fuera una travesura.
Hasta que alguien muere.
Entonces todos descubrimos que era un problema muy serio.
Bacilio ya no puede contar su versión.
Su familia sí tendrá que aprender a vivir con una silla vacía, una llamada que nunca llegará y una ausencia que no se arregla con discursos.
Mientras tanto, el imputado enfrentará el proceso correspondiente y tendrá derecho a una defensa.
Así debe funcionar la justicia.
Sin linchamientos.
Sin privilegios.
Sin condenas anticipadas.
Pero también sin convertir las tragedias en concursos de excusas.
Porque al final hay una verdad tan sencilla que no necesita abogados:
Si sabes que estás intoxicado, no manejes.
Y si aun así decides hacerlo, debes saber que no estás poniendo en riesgo solamente tu propia vida.
Estás decidiendo por todos los demás.
Ese es el verdadero problema.
Que en nuestras calles todavía hay quienes creen que la vida ajena es parte del paisaje.
Hasta que una familia pierde a uno de los suyos.
Entonces sí.
Entonces vienen las lágrimas, las veladoras, las investigaciones y las promesas de que nunca volverá a ocurrir.
Pero ya ocurrió.
Y Bacilio no regresa.
Por eso este caso no debería convertirse solamente en otro expediente que duerma entre montañas de papel.
Debe servir para recordar algo que parece habérsenos olvidado:
El automóvil no mata por sí solo.
Lo verdaderamente peligroso es la irresponsabilidad que se sienta al volante.
Y cuando esa irresponsabilidad se mezcla con alcohol, drogas y velocidad...
la tragedia no toca la puerta. Entra sin pedir permiso.



