







CHIHUAHUA, Chih. — A 36 años de una de las mayores tragedias naturales en la historia moderna del estado, los habitantes del municipio de Chihuahua recuerdan hoy los devastadores estragos causados por la tromba del 22 de septiembre de 1990, un acontecimiento grabado en la memoria colectiva local como el «Sábado Negro».
La tormenta, que se desencadenó durante la madrugada de aquel trágico día, descargó volúmenes extraordinarios de agua en cuestión de horas. El colapso del sistema de drenaje y la violenta crecida de los arroyos transformaron las calles de la capital en auténticos ríos embravecidos, sorprendiendo a miles de familias mientras dormían en sus hogares.
El impacto humano e infraestructura fue devastador. La fuerza de las corrientes arrastró decenas de vehículos, destruyó cientos de viviendas en colonias vulnerables y dejó un saldo trágico de decenas de personas fallecidas y desaparecidas, además de miles de damnificados que perdieron la totalidad de sus patrimonios en pocas horas.
Este histórico desastre marcó un antes y un después en materia de protección civil y planificación urbana en la región. Las lecciones del Sábado Negro impulsaron la canalización de arroyos críticos y el fortalecimiento de los protocolos de contingencia en el municipio, infraestructura de contención que ha sido puesta a prueba con eventos meteorológicos severos recientes, como las intensas precipitaciones registradas la noche del 30 de junio de 2025.
A más de tres décadas de la catástrofe, la conmemoración de esta fecha continua como un recordatorio permanente de la fuerza de la naturaleza y de la importancia crítica de mantener y mejorar la infraestructura de prevención pluvial en la ciudad.









































































