
Por Alessia Guerra
El panismo anda desatado en uno de sus artes favoritos: el teatro de sombras. Mientras la dirigencia nacional llega con el clásico discurso de la “unidad partidista”, en los hechos todo parece indicar que la mesa ya estaba servida, los cubiertos acomodados y hasta las sillas asignadas antes de que la militancia siquiera conociera el menú.
La foto oficial y la granja
Mucha cumbre “secreta”, mucha sonrisa para la fotografía y mucha pose institucional. Pero mientras las cámaras captan abrazos y discursos de unidad, la verdadera grilla parece cocinarse en convivios campestres, reuniones privadas y encuentros donde, curiosamente, no todos reciben la misma invitación.
Pretender que todos jalan para el mismo lado cuando algunos lo hacen a regañadientes es una joya de la hipocresía azul. La unidad partidista, en estos tiempos, parece tener la misma consistencia que un discurso de campaña: bonita mientras dura la fotografía.
El síndrome del candidato inflado
El viejo sueño del dedazo tampoco parece haber pasado de moda. Cambian los dirigentes, cambian los discursos y hasta cambian los colores de las corbatas, pero la receta sigue siendo la misma: publicidad, porras, columnas complacientes y una buena dosis de propaganda para intentar fabricar un candidato que, fuera del círculo oficial, nomás no termina de despegar.
El problema es que ningún aparato político puede convertir por decreto a un suspirante en candidato competitivo. Y menos cuando el aspirante se ha dedicado a meterle el pie a cuanto adversario aparece en el camino.
Porque una cosa es construir una candidatura y otra muy distinta inflar un globo político. El detalle es que los globos, tarde o temprano, revientan.
La memoria corta del poder
La historia reciente de Chihuahua debería servir de advertencia. César Duarte dejó una lección bastante cara sobre lo que ocurre cuando el poder confunde estructura, propaganda y recursos con simpatía electoral.
Pero la cúpula parece padecer una curiosa enfermedad: amnesia selectiva.
Se les olvida que el electorado ya no compra tan fácilmente el discurso de la unidad, la estabilidad y el “vamos ganando”, cuando detrás del telón observa a los mismos de siempre repartirse posiciones, candidaturas y espacios de poder mientras, de dientes para afuera, hablan de piso parejo.
El pastel y las migajas
Pueden continuar con sus malabares de pasillo, repartirse cargos en cenas de gala y vender espejitos de cohesión en las redes sociales. Pueden seguir organizando reuniones para convencerse entre ellos de que todo marcha de maravilla.
Pero hay un pequeño detalle que suele arruinar las mejores estrategias de escritorio: las elecciones las vota la gente, no la nómina del partido.
Y ahí está precisamente el problema.
Porque una candidatura puede tener padrinos, publicidad, estructura y hasta aplausos profesionales, pero si no logra conectar con la ciudadanía, todo ese aparato termina siendo un gigantesco escenario vacío.
La factura
Así que pueden seguir empujando con calzador a su favorito, aplaudiendo la humildad fingida y convencidos de que el poder es patrimonio familiar.
También pueden seguir confundiendo disciplina partidista con obediencia y unidad con silencio.
Pero al final, la factura no se las va a cobrar la militancia dolida, ni los liderazgos desplazados, ni siquiera los adversarios internos.
Se las va a cobrar un electorado que ya aprendió que la soberbia también se castiga en las urnas.
Porque cuando la cúpula se encierra demasiado tiempo en su burbuja, termina creyendo que el aplauso de los invitados es el ruido de la calle.
Y cuando finalmente abre la puerta, puede descubrir que la fiesta ya terminó.
La bajada ya empezó. Y por más publicidad que le metan, no existe grúa política capaz de levantar a un candidato que la ciudadanía simplemente no quiere cargar.



