
Por Alessia Guerra
Pues resulta que Doña Lencha ya recibió el famoso paquete de útiles escolares que entrega el Gobierno del Estado. Y sí, lo agradeció mucho… nomás que todavía no sabe si usarlo para mandar a su hija a la secundaria o para ponerle una veladora a San Judas, a ver si alcanza a terminar el ciclo escolar.
Porque la mochila, según cuenta Doña Lencha, está hecha de un plástico tan delgadito que nomás de verla uno piensa: “¡Ah caray!, ¿esto es mochila o envoltura?” Y los cierres, esos sí vienen con espíritu aventurero: uno ya está descompuesto y el otro parece estar esperando su turno.
Pero vámonos por partes, porque la famosa mochila trae más sorpresas que una tanda.
Primero aparecen cuatro cuadernos con el logotipo del Gobierno del Estado: dos de rayas y dos de cuadrícula. Muy bien. Hasta ahí nadie se queja. Luego sale el juego de geometría, que Doña Lencha miró con desconfianza, como quien compra un melón en el tianguis y lo primero que piensa es: “a ver si no me salió güero por dentro”.
Después apareció el diccionario.
—¡Estos ya ni los usan! —dijo Doña Lencha.
Y ahí fue donde hasta el diccionario se sintió de otra época. Nomás faltó que junto con él apareciera una máquina de escribir y un casete de Los Bukis.
Pero todavía faltaba la joya de la corona: la calculadora.
Una calculadora sencilla, de esas que uno puede encontrar en cualquier importadora, con su pilita incluida y todo el paquete. Muy bonita para sacar la cuenta del mandado, saber cuánto debe uno en la tienda o dividir la tanda entre las vecinas.
El pequeño detalle es que la muchacha va en secundaria y, según Doña Lencha, les piden calculadoras científicas.
Ahí es donde uno se pregunta: ¿quién armó estas mochilas? Porque parece que el encargado hizo la lista pensando en lo que usaban los estudiantes… pero de hace unos 30 años.
Y todavía falta la bolsita transparente: un marca textos amarillo, dos lápices, un borrador, tijeras, sacapuntas y una caja de colores.
¡Ah, bueno! Con eso ya nomás faltó incluir una regla de madera, un mapa de la República Mexicana y un álbum de estampitas del Mundial de México 86 para completar el paquete retro.
Pero Doña Lencha no es malagradecida. ¡No, señor! Ella agradece el apoyo. Lo que no agradece es que le quieran vender como gran ayuda algo que, en su opinión, tiene una calidad que deja mucho qué desear.
Y ahí está el detalle.
Porque una cosa es apoyar a las familias y otra es entregarles productos que parecen comprados “a ver qué alcanza con el presupuesto”.
Si se trata de presumir que se entregaron miles de mochilas, muy bonito. La foto queda preciosa: funcionarios sonrientes, niños felices y las mochilas perfectamente acomodadas.
Pero que alguien explique qué pasa cuando llega septiembre, el alumno mete los libros, los cuadernos y el lonche… y ¡zácatelas!, se rompe el cierre.
Entonces Doña Lencha tiene una petición bastante sencilla: si el Gobierno del Estado va a entregar útiles escolares, que entregue útiles que realmente sirvan.
Porque, como dice el viejo refrán chihuahuense: “si vas a hacer las cosas, hazlas bien; si no, mejor ni le muevas”.
Y Doña Lencha todavía tuvo la gentileza de agradecerle a la gobernadora.
Eso sí, con recadito incluido:
“Se agradece, pero no hay que tratar a la gente de esa manera”.
Y ahí sí, ni cómo hacerle al cuento.
Porque regalar algo de mala calidad puede servir para la fotografía, para el boletín y para presumir cifras. Pero cuando el apoyo llega a las manos de una madre de familia, la propaganda se acaba y empieza la realidad.
Y la realidad, por lo que cuenta Doña Lencha, es que la famosa mochila escolar trae de todo… menos la garantía de que llegue completa al final del ciclo escolar.
Eso sí: diccionario sí trae.
Por si alguien quiere buscar la definición de “calidad”.



