
Por Alessia Guerra
Hay encuentros institucionales que duran lo que tarda un hielo en derretirse en el desierto de Samalayuca, pero dejan un tufo a pólvora que ni el viento de la capital logra disipar. La cita entre la presidenta Claudia Sheinbaum y la gobernadora Maru Campos perteneció a esa finísima categoría del protocolo mexicano: la cordialidad con navaja barbera.
Dicen los corrillos que el menú de temas fue microscópico. Lo del agua , la inseguridad y la ganadería —asuntos que apenas sostienen la vida y la economía de Chihuahua— fue despachado con la elegancia con la que un mesero retira un plato sucio: “Eso véalo en ventanilla, doña Maru; ahí le encargo con Gobernación”. La señal de origen no podía ser más clara: canales abiertos, sí, pero con el conmutador de Palacio Nacional programado en desvío de llamadas.
Pero donde la sobremesa se puso picante fue al tocar las fibras de la seguridad y los expedientes incómodos. Claudia, con esa compostura quirúrgica que la caracteriza, no dejó pasar la oportunidad de recordarle a la mandataria estatal que la investigación sobre los supuestos agentes de la CIA sigue vivita y coleando en la agenda federal. Un aviso sutil, de esos que hacen que a más de un exfuncionario se le atragante el café.
Y es que en los pasillos del Palacio de Gobierno ya corren las apuestas en modalidad de quiniela política: tras los señalamientos que salpican a un par de excolaboradores estelares, la duda no es si habrá consecuencias, sino de qué tamaño será la ofrenda. ¿Bastará con entregar una cabeza en bandeja de plata para calmar las aguas de la 4T, o el ajuste de cuentas vendrá en paquete doble? La postura oficial de Sheinbaum fue un monumento a la legalidad de diente para afuera: “Si hubo violación a la ley, que se proceda”. Y Maru, atrapada en la perfecta encerrona del deber ser, no tuvo más remedio que asentir con entusiasmo republicano: “¡Faltaba más, que se proceda!”. Faltó únicamente que firmaran el pacto con un apretón de manos congeladas a la salida del aeropuerto de Ciudad Juárez.
A su salida, ambas coincidieron en la narrativa: el diálogo fue “franco”. En el código de la política criolla, cuando dos figuras de distinto bando presumen “franqueza”, lo que en realidad están diciendo es que se dijeron de todo, sin anestesia, pero manteniendo la compostura para los fotógrafos. Maru Campos se apresuró a matizar que habrá mejor comunicación “sin ceder en convicciones” —traducción: seguiremos bateando en ligas opuestas—, mientras que el Ejecutivo Federal dejó en claro la nueva geografía del poder: para el agua, Gobernación; para la seguridad, la Secretaría del ramo; y para la relación directa con la Presidencia... vuelva usted mañana.



